¡Gracias, porque me acaban de rechazar de un curro por estar sobre cualificada para el puesto!
No, no me he vuelto loca. Esta es mi nueva actitud ante la vida; si me pasa algo bueno, doy las gracias. Mientras estás agradecida vibras en positividad y atraes cosas buenas. Cuando me levanto por las mañanas doy las gracias por todo lo que tengo, incluso las cosas más insignificantes; gracias por este nuevo día lleno de cosas buenas, gracias por el sol que sale a calentarnos y a darnos luz, gracias por Marcos, gracias por esta cama tan cómoda en la que he pasado la noche, gracias por la almohada, sin la que no sé dormir, gracias por mi casa que me cobija y además es bonita y acogedora, gracias por el cafecito que me voy a tomar, gracias por mis amigos, mi familia… ¡Qué el Universo no se olvide de que aprecio estas cosas y que me traiga muchas más! Y si me pasa algo malo, pues también doy las gracias porque seguramente la vida me lo ha puesto delante para que aprenda algo y darme una oportunidad para crecer.
Se lo estaba contando a Marian mientras hacíamos la compra en el Eroski. En ese momento estábamos en la sección de frutería y Marian estaba metiendo un puñado de bolsas de plástico vacías en su carro. Me ha parecido un gesto raro, pero como estaba en medio de mi discurso, no le he prestado más atención.
Marian me ha preguntado con incredulidad:
- ¿Y qué coño crees que tienes que aprender que en todo un año no has aprendido?
Esa misma pregunta me la había hecho yo por la mañana, aunque no en el tono sarcástico de Marian, sino intentando de verdad buscar una respuesta, porque creo que realmente debe haber algo que tengo que aprender para verme en esta situación una y otra vez. A pesar del sarcasmo de Marian, le he contestado; más bien para contestarme a mí misma,
- Pues no lo sé… Tal vez paciencia –, he dicho no muy convencida.
- ¿Paciencia? –. Y luego, en un tono muy dulce - Cariño, tú tienes más paciencia que el santo Job. Hay que tener paciencia para seguir dedicándose con tanta tenacidad a buscar curro después de todo un año…
- Sí, ya lo sé.
Y es cierto. Muchas mañanas cuando suena el despertador a las ocho y media y me levanto sin saber muy bien para qué; o cuando abro otra vez el ordenador sin encontrar buenas noticias; o cuando vuelvo a hacer una llamada para oír que han cogido a alguien con un perfil más adecuado que el mío; o cuando reviso todos los currículos enviados sin contestación, me desanimo y pienso cuánto tiempo voy a aguantarlo…, pero enseguida vuelvo a interesarme por un nuevo anuncio, o una llamada para una entrevista y de nuevo empiezo todo el ritual. No, paciencia no me falta, desde luego.
– Igual es humildad lo que tengo que aprender…
- No te queda ni una pizca de vanidad –, ha dicho moviendo la cabeza, y parecía que iba a añadir; “lamento tener que decírtelo”.
He vuelto a aventurarme,
- ¿Confianza? Igual es que tengo que aprender a confiar en la vida.
- Pero si cada vez que haces una entrevista de trabajo sales imaginándote a ti misma una semana después entrando por esa misma puerta con tus reglas, escuadrones y el maletín del almuerzo…
- Sí, pero yo no me refiero a eso. Me refiero a saber con seguridad que la vida te va a dar lo que necesitas. Eso no lo hago. Soy bastante miedica –. He vuelto a quedarme pensando un buen rato mientras nos acercábamos a la caja y ponía la compra encima del mostrador. De pronto me he detenido, he mirado a Marian y he soltado en tono triunfal,
- ¡Agradecimiento! –. ¡Claro, era eso! ¡Había dado con el kit de la cuestión! - ¡Tengo que aprender a ser agradecida! Siempre estoy pensando en lo que me falta, en vez de en lo que tengo –. Me sentía fenomenal, como si hubiera dado con la clave que iba a solucionar mis problemas. Porque si lo que tengo que aprender es agradecimiento, ya estoy en el buen camino, sólo tengo que perfeccionar la técnica un poco, y con un poco de práctica… La cajera estaba pasando mis productos por el escáner,
- Veinticinco con cincuenta –, ha dicho con voz mecánica.
Su voz me ha sobresaltado. Todos mis productos estaban en el mostrador esperando a que yo los recogiera. Me he dado cuenta en ese momento de que no llevaba mi bolsa de la compra.
- Dame una bolsa, por favor.
- ¿Grande o pequeña? –. Otra vez la voz mecánica
- Grande.
- Son cinco céntimos –, ha dicho mientras abría la bolsa para entregármela
En ese momento Marian estaba poniendo su compra en la cinta mecánica. La cajera se ha vuelto hacia ella y le ha preguntado,
- ¿Va a querer bolsa?
- No, ya tengo –, ha contestado, y ha sacado de su carro el manojo de bolsas que había cogido en la sección de frutería.
Yo le he mirado con los ojos abiertos; entre sorprendida y divertida.
- ¿Qué? –. Me ha dicho subiendo los hombros – Hay que poner de manifiesto los absurdos – Y ha hecho una mueca.
Me he empezado a reír. La cajera le había mirado con la misma sorpresa que yo, pero no ha dicho nada. No sé si porque no se ha atrevido o porque ha pensado que no era asunto suyo,
- Treinta con ochenta y cinco –, le ha dicho.
Una vez en la calle, nos hemos dado cuenta de que hacía una tarde preciosa. Todos los bares tenían las terrazas puestas y hemos llamado a Hugo para tomarnos una cervecita antes de volver a casa. Hugo ha sido bastante más cínico que Marian con mi nueva teoría,
- O sea, que si un tío me pisa por la calle yo le doy las gracias por darme la oportunidad de crecer y de aprender a perdonar -. Me miraba con cara guasona – O no, mejor… – ha seguido –, voy a llamar a mi jefe para darle las gracias por explotarme, “sin ti nunca hubiera aprendido lo que es el sacrificio”, le voy a decir.
Y hubiera seguido riéndose de mí si yo no hubiera desviado la conversación a otro punto,
- ¿Qué tal tu cita del otro día? –, le he preguntado a Marian.
- Fatal –, ha contestado tajante.
- Ah, pues no te olvides de llamarle para darle las gracias –, ha dicho Hugo burlón.
Yo le he mirado con cara de “ya está bien…” y él ha hecho un gesto con la mano de “vale, ya está”. Me he vuelto hacia Marian,
- ¿Qué pasó? – le he preguntado.
La historia de Marian y el troglodita, como ella le llama, la dejo para otro día que esto se me está alargando y me quiero acostar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario