sábado, 8 de diciembre de 2012

Capítulo 13. Miércoles


Hoy he llegado a casa de una entrevista de trabajo justo a la hora de comer. Al entrar en casa, desde la entrada, he visto que la mesa estaba puesta en el comedor, Extremoduro sonaba a todo volumen y Marcos, en la cocina, terminaba de preparar la comida mientras desafinaba a voz en grito:

- “¡Yo me pongo paloteeeee!” “¡Sólo con que me toqueeee!”

Yo no sé que pensarán de nosotros las vecinas, dos viejas que comparten “lamechichis”, pero a mí me ha subido un calorcillo desde el estómago que cuando ha llegado a mi cara se ha convertido en una enorme sonrisa. Estos son los momentos en los que le adoro. He entrado en la cocina y le he dado un beso, mientras él seguía cantando.

-¿Alguna novedad? – He preguntado mientras colgaba mi chaqueta en el armario de nuestro cuarto y me quitaba los zapatos.
- Sí – Ha gritado desde la cocina – ha llamado Mati para preguntar si te interesaría un trabajo como vendedora de aguacates.

Yo no he contestado y él ha seguido alzando la voz,

- Algo de que alquilaras una furgo y bajaras a Almuñecar a subir unos aguacates que venderías en el mercadillo de no sé que pueblos.

Me he asomado por la puerta de la cocina frunciendo las cejas en un gesto de “¿Qué me estás contando?”. Marcos se ha encogido los hombros y los dos hemos empezado a reírnos.

Nos hemos sentado en la mesa y le he contado la entrevista de esta mañana. Era en un polígono, en las afueras de Madrid. Siempre me resulta raro que alguien abra un estudio de arquitectura en un polígono medio perdido, pero cuando he llegado allí resulta que no era un estudio sino una empresa de mensajería. El dueño, por lo visto, ha hecho un montón de dinero con la empresa y ha decidido que ha llegado el momento de hacerse “La casa de sus sueños”, para lo que lleva años guardando recortes de revistas e incluso haciendo fotos a los rincones de las casas de sus amigos que le han gustado. Con este fin quiere un arquitecto que trabaje en el proyecto de su casa al lado suyo, en la mesa de al lado; “para así poder ir avanzando juntos en el proyecto”. Cuando le he preguntado en que tipo de casa había pensado, me ha respondido,

- Pues a mí me gustaría algo así como gótico.

Si cuando salí de la carrera alguien me hubiera dicho que quería que le hiciera una casa gótica me hubiera puesto muy digna y le hubiera dicho que yo sólo hacía cosas modernas y que mejor se buscara a alguien que hiciera “esas cosas”, pero como dice Marian “no me queda ni una pizca de vanidad” y he pasado a lo importante,

- Y ¿Cuánto cobraría? – le he preguntado.
- Pues… yo había pensado en 7 euros la hora…

Ya. Así que este tío en vez de dirigirse a un estudio de arquitectura para que le hagan su casa, quiere un arquitecto para él solito, sentadito a su vera 8 horas diarias y diciendo sí señor a todas las horteradas que se le ocurran, y todo esto por 7 euros la hora. Marian se equivoca, sí que me queda un poco de vanidad, pero está muy escondida y la reservo para los casos extremos. Como éste. Le he preguntado:

- ¿Ustedes tienen alguien que limpie aquí?  
- Sí. Claro.
-¿Y cuánto le paga?
- No lo sé – me ha contestado poniéndose serio, imaginándose por donde iban los tiros.

La chica que había en la mesa de al lado, morenita, con un moño alto,  que no dejaba de teclear en el ordenador, parecía la secretaria. La he mirado y he alzado la voz por encima del hombro del dueño.

-¡Perdona! – Se ha vuelto hacia mí - ¿Tú sabes cuánto cobra la persona que limpia aquí?
- Sí – parecía extrañada, pero ha dicho - 11 euros la hora.

He vuelto a mirar al dueño,

–  ¡Pues cuando ese puesto se le quede libre, me llama! -

Marcos me miraba con una sonrisa entre orgullosa y sorprendida,

- ¿Desde cuándo te has vuelto tan descarada? – Me ha preguntado.
- ¡Pues, desde que me tienen hasta el moño!

Por la tarde he hablado con mi hermana Valeria por teléfono que estaba un poco bajilla de ánimo,

- No parece que avance con este chico – se refería al hortelano – ayer me llamó y me preguntó si iba a hacer algo el sábado. Yo me puse muy contenta porque pensé que me iba a invitar a salir, bueno, salir… salir no, ya sé que no es de los que invitan a salir, así como una cita, pero pensaba que me iba a proponer que hiciéramos algo juntos
 ¿Y?
- Pues que le he dicho que no tenía nada que hacer y me ha dicho que si me podía traer un saco de judías de la huerta para que separe las judías buenas de las malas.
- ¿Cómo? – Yo gritaba de indignación.
 No, si eso no me importa. En realidad hasta me apetece. Es una actividad bonita, simbólica…
¿Simbólica? – Si es que a veces no sé de qué me habla.
- Como en los cuentos. Simboliza una limpieza mental. Me vendrá bien. Lo que pasa es que yo hubiera preferido hacer algo con él. No le intereso – Se ha quedado un rato en silencio, pensando, para decir luego -Yo creo que piensa que soy un poco pija.

¡¿Pija?! Era la última palabra con la que me esperaba que terminara esa frase. El hortelano piensa que mi hermana es una pija… Yo no conozco al hortelano, pero ¿Qué tipo de espécimen puede pensar que mi hermana es una pija?

- Yo que sé… – Ha dicho Marcos, cuando se lo he contado en la cama – Será un vagabundo.- y dándose la vuelta se ha quedado dormido.

lunes, 26 de noviembre de 2012

CAPITULO 12. LUNES

Esta mañana ha venido mi hermana Valeria para que le cortara el pelo. No es que yo sepa de peluquería, pero siempre me ha gustado, y en la facultad era yo la que peinaba a mis amigas, les teñía el pelo…, e incluso les cortaba las puntas.
 -          Hola cariño. - me ha dicho al entrar dándome un beso - ¿Qué tal todo?
-          Bien. - le he contestado, besándola también - Estoy haciendo café y tostadas ¿Quieres?
-          ¡Uy, sí, gracias, vengo muerta de hambre!, pero para mí una infusión, porfa.

He puesto las tazas y un plato con dos tostadas con tomate, aceite, sal y jamón y hemos ido al salón.

-          ¡Ummm, me encantan estos desayunos a lo granadino! – Valeria estaba dando un mordisco a la tostada - ¿Por qué es tan difícil aquí que te pongan una tostada con tomate? Una vez pedí una tostada con tomate en una cafetería y me contestaron que no tenían mermelada de tomate… – Cuando ha terminado de masticar, ha preguntado - ¿Qué tal lo del trabajo?
-          Hoy en Infojob, entre las ofertas que se ajustan a mi perfil, me han mandado una en la que se pide un pintor de brocha gorda con furgoneta. - Le he contestado, contándole la anécdota del día.

Valeria se ha reído,

-          Me recuerda a tu amiga esa que te manda los trabajos más inverosímiles. - ha dicho, todavía riéndose - La que un día te llamó diciéndote que necesitaban gente en telefónica para poner postes telefónicos.
-          Sí, Mati.

Mati es una amiga de Marcos que parece tener amigos en todas partes y enterarse de todos los trabajos que salen al mercado, y cree firmemente que todos servimos para todo. Un día me llamó para decirme que en la empresa en la que trabajaba un amigo suyo, necesitaban un analista financiero y que ella había pensado en mí. Me he reído al acordarme. Luego, cambiando de tercio, le he preguntado a mi hermana

-          ¿Y tu hortelano? -
El hortelano es un chico que le gusta a Valeria. Marcos le llama así porque tiene una huerta de cultivo ecológico. Valeria le compra una cesta de verdura ecológica todas las semanas y algunas veces le echa una mano en la huerta.

-          Lo vi ayer. – No parecía muy entusiasmada - Vino a casa a traerme la cesta de la semana y le invité a un té -
-          ¿Y nada? - He preguntado yo.
-          Nada - Valeria ha levantado los hombros y ha hecho una mueca.
-          Deberías decirle algo, hace ya casi un año que te gusta.
-          No puedo.
-          ¿Por qué? - le he mirado sorprendida.
-          Porque me eché el otro día el I Ching y dice que espere.
-          ¡Ah! ¿Qué te Salió? – he contestado yo, como si fuera lo más normal tomar las decisiones de tu vida tras tirar tres monedas y ver lo que te dice el libro de la sabiduría china. Me he imaginado a Marcos escuchando la conversación y moviendo la cabeza mientras nos decía: “estáis como una cabra”.
-          La montaña  sobre la montaña – ha dicho Valeria -  La quietud. Son los otros los que deben actuar.
-          ¡Vaya! – he dicho, con tono de decepción. Luego, le he dado el último mordisco a la tostada y me he levantado para ir a por las tijeras. - ¿Cómo quieres que te lo corte? – le he preguntado, mientras iba hacia el baño ¡Como si yo tuviera la habilidad de cortar el pelo de otra forma que no fuera recto! Cuando estoy con mi hermana Valeria todo se vuelve un poco loco y es como si no hubiera límites y pudiéramos hacer lo que quisiéramos.

Valeria se ha levantado hablando muy emocionada,

-          ¿Te acuerdas el corte de pelo que llevaba la chica de JASP, cuando estábamos en la facul? – Me ha preguntado, siguiéndome al baño.
-          ¿JASP? – le he mirado con cara de “no sé de qué hablas”.
-          Jóvenes aunque sobradamente preparados. – me ha aclarado - La del anuncio, morena. Creo que era de Clio.
-          ¡Ah, sí! – he dicho intentando hacer memoria y, finalmente, acordándome – Pero… – he titubeando mirando a mi hermana con la boca un poco abierta – Valeria, yo no sé hacer eso…
-          Claro que sí. – ha contestado ella, sin darle ninguna importancia - La otra noche soñé con ese anuncio… – se ha quedado pensando un rato – y no sé lo que significa…, pero me he acordado de que yo quería cortarme así el pelo en la facul y nunca lo hice – se había sentado en el taburete, mirándose al espejo.
-          Vale – he accedido yo, muy animada de nuevo, y he  empezado a cortar según a mí me parecía, con una gran fe en que esa era la manera de hacerlo.

Mientras yo cortaba Valeria me contaba cosas del hortelano y sus últimas trifulcas con “el kinki del tambor” que por lo visto quería ser algo más que su percusionista y tenía celos del hortelano. De pronto, me he dado cuenta de que lo que había hecho no tenía nada que ver con el corte que mi hermana había deseado desde su juventud. ¡La verdad es que no se parecía ni a ese corte, ni a ninguno que yo hubiera visto nunca!

-          ¡Ay Valeria…! – he dicho, interrumpiendo su charla y poniendo cara de drama.
-          ¿Qué pasa? – Valeria me miraba por el espejo
-          ¡Qué me ha salido mal! – Yo seguía con cara de drama y tiraba de las dos puntas delanteras del pelo, como hacen las peluqueras; una era mucho más corta que la otra y el resto del pelo estaba lleno de trasquilones, incluido el flequillo. – ¡Esto es horrible! - Tenía ganas de llorar al ver el desastre donde antes estaba la larga y rubia melena de mi hermana.

Valeria se ha mirado un rato al espejo, tirando de un pelo aquí, de otro allá, levantándose y dándose la vuelta para mirarse la parte de atrás… Luego se  ha vuelto a sentar y me ha dicho,

-          Bueno…, pues corta más.
-          ¡¿Qué corte más? – No podía dar crédito a lo que me decía
-          Claro, no me puedo quedar así. Déjamelo corto – No parecía muy alarmada
-          Pero ¿No prefieres ir a la peluquería? – No me podía creer que no le importara lo que le había hecho en la cabeza
-          No, cariño, quiero que lo hagas tú. Anda corta.

He seguido cortando, sin saber muy bien lo que hacía y, ahora, además, con mucho miedo. Al rato me he dado cuenta de que aquello era un desastre y de que ya tenía poco arreglo porque el pelo más largo no medía 5 cm. Las dos nos hemos debido de dar cuenta a la vez porque nos hemos mirado a través del espejo con cara de circunstancia; luego nos hemos empezado a reír.

-          ¡Qué desastre, lo siento! – he dicho yo

Valeria se ha quedado mirándose un rato y luego me ha preguntado,

-          ¿Marcos tiene una maquinilla de esas de rapar el pelo?
-          ¡Noooooo! – es lo único que me ha salido decir.
-          ¿No tiene? – me ha preguntado.
-          Sí, si tiene. Digo, que no te atreverás a raparte la cabeza…
-          Sí – ha contestado tan tranquila – Llevo tiempo pensándolo. La verdad es que hoy he venido con esa intención. Ya sabía que Marcos tenía una maquinilla – y se ha empezado a reír mientras miraba mi expresión atónita.
-          ¡Eres una capulla! – le he gritado yo – ¡Casi me muero del disgusto! – pero enseguida he empezado a reírme con ella.

Luego, Valeria me ha echado el I-Ching y me ha salido el hexagrama 21: La mordedura tajante. Después de más de una hora de interpretación, hemos concluido que hay un obstáculo en mi vida que me está impidiendo avanzar. Puede ser algo externo o algo interno, dentro de mí, pero tengo que enfrentarme a ello de forma tajante y quitarlo del medio. Estábamos sentadas en el sofá del salón, tirando las monedas en la mesa y leyendo lo que decía el libro, cuando he escuchado que Marcos abría la puerta. Ha entrado en el salón y se ha quedado mirando la cabeza de Valeria, luego ha mirado el I-Ching y luego a mí. Finalmente, ha movido la cabeza y ha dicho riéndose: “Estáis como una cabra”.

domingo, 15 de julio de 2012

Capítulo 11. Miércoles


Al final mi madre se convenció de que era una tontería no venir a Madrid por lo de Valeria y han estado aquí un par de días. Eso sí, le hizo prometer a Valeria que no iba a contar nada de sus actuaciones callejeras delante de mi padre. Valeria aceptó no de muy buena gana, diciendo que no se sentía bien ocultándole a su padre cómo es y lo que hace, y terminó diciendo que accedía a no contárselo por su cuenta, pero que si le preguntaba, no le iba a mentir. Mi madre debió de pensar que es poco probable que mi padre le pregunte a Valeria si baila los sábados en la Plaza Mayor pidiendo dinero “cual mendiga” y finalmente se decidió a venir a pasar un par de días con sus hijas.

Quedé con ellos por la mañana en mi casa para luego ir a dar una vuelta por Madrid y reunirnos más tarde con Valeria para comer. Llegaron sobre las 12.30 del mediodía. Los esperaba con ganas. Hacía ya más de cuatro meses que no los veía. Había limpiado la casa, preparado un gazpacho fresquito, me había puesto guapa… Se me quitaron las ganas en cuanto abrí la puerta y lo primero que dijo mi madre, sin un hola, ni un beso, fue,

- No recordaba que esta entrada fuera tan pequeña.

¡¿Por qué siempre me olvido?! Si lo recordara estaría preparada y no sería como si arrojara una jarra de agua fría sobre mi entusiasmo.

- Hola mamá – contesté – Hola papá.

- Hola cariño – dijeron, mientras me besaban.

- ¡Hija, que horror de cuadro! – Se refería al cuadro de Frank Zappa cagando, que Marcos ha colgado en la entrada. A mí tampoco me gusta, pero es descorazonador que después de cuatro meses sin ver a su hija, sus primeros comentarios sean sobre cuadros, cortinas… - Este piso era exterior ¿Verdad?

- Sí – contesté mientras los pasaba al salón, donde están las dos únicas ventanas de la casa - ¿Qué tal el vuelo?

- Hija, un coñazo – contestó tajante mi madre -. Y con tu padre peor, que siempre está dando la nota ¿Te puedes creer que se pone a fumar en el avión?

- ¡Papá!

- ¿Qué pasa? – Me dijo con su tono de “no te pongas histérica”

- ¡Qué no puedes fumar en el avión! –

- Sí que puedo. Ya lo he hecho. No pasa nada. Tengo un truco… - Vale, éste es mi padre. Yo le miraba sin poder creérmelo, pero en el fondo me hace gracia. Si es que es un anarquista sin remedio – Mira, yo me enciendo el cigarro y cuando viene la azafata a decirme que no puedo fumar yo me deshago en “lo sientos” y le digo que no me había dado cuenta, pero para entonces ya le he dado cuatro o cinco caladas al cigarro.

Luego mi padre me preguntó por Marcos. Ese es también mi padre; no me pregunta por mí porque la respuesta sería “mal” y no le gusta reconocer que las cosas puedan ir mal. Pregunta por Marcos que sabe que la respuesta es muy bien; “…el trabajo muy bien, ahora está haciendo un master en la empresa y en cuanto lo termine le van a ascender…”

Mientras hablaba con mi padre notaba como mi madre me inspeccionaba de arriba abajo, la miré. Estaba poniendo esa cara de desagrado que conozco tan bien; así que le dije, refiriéndome al vestido,

- Es de Custo – no es que yo me compre vestidos de Custo, pero éste me lo dio Marian que ya no se lo ponía.

- Hija, pues parece del mercadillo – me soltó. Me di cuenta de que como yo no aflojara un poco íbamos a acabar enfadándonos, como siempre.

- Acabo de hacer gazpacho ¿Queréis un poco? - dije

Fui a la cocina y serví tres vasos de gazpacho. Volví con los vasos en una bandeja y la puse encima de la mesita que hay enfrente del sillón mientras los repartía,

-  Uy, hija ¿Es que no tienes un chino?

- No, mamá, no tengo un chino ¿Qué le pasa? ¿No está bueno?

- Sí, bueno si está, pero tiene las pielecillas del tomate. No se puede hacer gazpacho sin un chino. No entiendo porque no tienes un chino, si eso vale dos duros.

- Vale, no te preocupes, voy a bajar ahora mismo y voy a comprar un chino

- ¿Ahora?

- Sí, es un momento. – Necesitaba salir de allí unos minutos y me acababa de dar la excusa perfecta – No os lo bebáis. Ahora vengo y los paso por el chino. Si queréis, mientras tanto, en la nevera hay cervezas.- Según lo decía me acordé de que mi padre no bebe cerveza, sólo vino. El wisky es una bebida de putas y forajidos y el ron lo beben los bucaneros. Él sólo bebe vino.

Salí de casa. Cerré la puerta. Respiré. Me dije a mí misma que sólo eran dos días. Sólo tenía que tomarme todo con tranquilidad y pensar que enseguida se iban a ir y que dentro de cuatro meses volvería a tener ganas de verlos. Salí del portal y crucé la calle para entrar en el chino de enfrente. Antes de entrar pensé que iba a ser un poco raro pedir un chino en un chino y que seguramente no tendrían ni idea de que era aquello,

- ¿Un aparato que es como un colador metálico para pasar el gazpacho? – Le explique de la mejor forma que supe, haciendo gestos.

- ¿Un chino? – me preguntó el chino con su sonrisa de chino; abriendo mucho los ojos y apretando los labios. Me dejó estupefacta. No sólo lo tienen todo sino que lo saben todo...
  
Entré en casa con el chino y con el espíritu renovado después del encuentro con el chino, que me había hecho tanta gracia. Mi padre, sentado en el sillón y ojeando una de mis revistas de arquitectura me dijo,

- Te han llamado por teléfono. Algo de un trabajo, pero tu madre ya les ha dicho que no estás buscando trabajo.

¡Cómo! No podía digerir lo que estaba escuchando y cuando lo hice un calor sofocante empezó a subirme por el cuerpo

- ¡Mamá! – Le grité a mi madre que estaba en la cocina, y fui corriendo hacia allí - ¡¿Me han llamado para un trabajo y les has dicho que no estaba buscando trabajo?!

- Sí – Contestó como si estuviera confundida.

- ¡¿Cómo que no estoy buscando trabajo?!

- Eso me dijiste – se había hecho pequeñita ante mis gritos.

- ¡¿Cuándo?!

 - Pues el otro día. Me dijiste que habíais decidido que ya que no encontrabas trabajo ibais a aprovechar para tener un hijo.

- ¡¿Qué?!

Me acordé de mi conversación telefónica con ella hacía un par de semanas. Le había dicho “No sé, igual podría aprovechar este momento para tener un hijo”,  pero era sólo algo que se me había pasado por la cabeza, como se me habría podido pasar viajar a Sudamérica con una mochila o volver a la Universidad. ¿De dónde se ha sacado el “habéis decidido tener un hijo”?

Pero, ¡¿Por qué nunca me acuerdo?! ¿Por qué no le respondo a todo como Valeria “si, no, vale”?

- Entonces ¿No vais a tener un hijo? – dijo decepcionada.
 
- ¡No! – le grite, todavía indignada.

- Vaya, pues yo ya se lo había dicho a todas mis amigas. Y que esta vez era como Dios manda.

La miré atónita,

- ¿Cómo manda Dios?

- Pues con un padre. Como debe ser.

Mi enfado se convirtió en tristeza. Mi madre es la única persona capaz de hacerte pasar de estar furiosa a sentirte profundamente triste,

- Mamá, si te escuchara decir eso Valeria se pondría muy triste

- Pues será que no se siente tan bien con lo que hace, o no le tendría por que afectar lo que yo diga.

Ni le respondí,

- ¿Sabes de dónde llamaban?

- ¿Cómo?

- Los del trabajo

- Ay, no hija, no me he quedado con el nombre… Era algo de unas rutas

Pasamos los dos días lo mejor que pudimos; más mal que bien. Esta vez voy a necesitar más de cuatro meses para tener ganas de verlos. Esa misma tarde llamé a los del trabajo de Arquirrutas y he concertado una entrevista con ellos para la semana que viene, pero ni eso me ha subido el ánimo…

domingo, 17 de junio de 2012

Capítulo 10. Sábado


¡Indignada! Es la palabra que utilizó Marian para definir su estado de ánimo por lo que pasó el sábado. Y “Troglodita” el que utilizó para calificar a su ligue.


Quedaron a las nueve para cenar en un restaurante japonés. La primera impresión fue buena; el chico era tan mono como Marian lo recordaba y parecía muy majo. Durante la cena todo fue bastante bien, aunque, para el gusto de Marian, demasiado rápida. Al terminar, a ella le hubiera gustado quedarse un rato de sobremesa, charlando, pero él estaba impaciente por marcharse.

Al salir decidieron ir a casa de Marian a tomar una copa. Estaban en el salón, bebiendo vino, escuchando música, riéndose; porque el troglodita era muy divertido, y miraba a Marian como si fuera la chica más guapa del planeta, y le besaba como si no quisiera hacer nada más, nunca, que besarle, y le decía “¡Que cosa tan bonita!”, y ella le miraba, pensando que era una mezcla de niño perdido y hombre que la deseaba, y no podía resistirse al deseo de salvarle de lo que fuera que necesitara ser salvado.

- ¿Nos vamos a la cama?- dijo entonces el troglodita.
- Mmm -, contestó Marian mientras le mordía el labio inferior.
- Coge una peli -, dijo el troglo, levantándose del sillón
- ¿Cuál te apetece? -, Preguntó Marian, encantada de compartir sus cosas con él.
- La que quieras, es que no puedo dormir sin ruido.

“Es que es muy chiquitillo” pensó con ternura, aunque casi tenía cuarenta años, y eligió la peli de Dustin Hoffman “El graduado”.

Cuando Marian llegó al cuarto con la peli, el troglodita ya se había desnudado y metido en la cama.  Marian fue a poner la película y entonces pensó “¿Una peli? Será mejor poner música. Acabamos de tener una cita, hemos ido a cenar, hemos bebido vino en casa y ahora vamos a dormir juntos ¿Una peli?”
- ¿Pongo mejor música? - le preguntó.
- No, música no, que no me duermo. La peli me entretiene hasta dormirme.
- Bueno, pero me tienes a mí -, dijo Marian, poniendo la película y yendo hacia la cama.
- ¡Hombre! ¡Claro! A ti te prefiero antes que mil pelis ¡Faltaría más!

Marian estaba al borde de la cama y se dio cuenta de que estaba vestida y de que se iba a tener que quitar ella la ropa. Se quito sólo los pantalones, y lo demás.. ¡Si quiere que me lo quite él! pensó. Marian se metió en la cama y, no os voy a contar los detalles, pero el resumen es que, a partir de ese momento, todos los que estaban en esa cama se ocuparon de que el troglodita se lo pasara bien.

- ¡Me lo he pasado genial! -, dijo satisfecho, al terminar.
- Ya, ya lo he visto -, contestó Marian sarcástica.
- Oye ¿Tienes algo de comer? -, preguntó de pronto
- ¿Qué quieres? - Marian empezaba a estar un poco enfadada.
- No sé. Lo que sea; un colacao con galletas.


¡Puff! Sonó en la cabeza de Marian,

- Ahora te lo traigo-, dijo levantándose de la cama.

Fue a la cocina, sacó la leche de la nevera, llenó un vaso, lo metió en el microondas, abrió el armario del colacao…Estaba a punto de preguntarle si quería colacao o nesquik, pero reaccionó “¡Ni de coña!”.

- ¡¿Es Dustin Hofman?! - escuchó al troglodita gritando desde el cuarto. Marian no contestó porque estaba en el preciso momento en que los demonios le habían subido a la cabeza.


- ¡Marian! Gritó de nuevo el troglodita ¿Es Dustin Hofman?


Sí, “troglo”, sí, contestó bajito desde la cocina. Puso la leche caliente, el colacao,  el azúcar y las galletas en una bandeja.

Marian volvió al cuarto con la bandeja y la puso en la mesilla del lado de la cama en el que estaba él. El troglodita empezó a engullir mientras comentaba la película.

- Me está interesando la peli ésta – Seguía comiendo -¡Que tía más perra! ¿No?

Marian miraba la película que ya había visto cien veces. De vez en cuando echaba un vistazo al troglo que le preguntó,

- ¿Quieres un poco?
- No, gracias.

El troglodita acabó de comer; retiró la bandeja; puso la cabeza en la almohada y se dispuso a dormir con la película de fondo haciéndole de nana. Ni le miró, ni le besó, ni le abrazó. De pronto roncaba.

Al día siguiente se despidieron con un beso en la puerta.

- ¿Repetiremos? -, preguntó el Troglo

Y Marian contestó,

- ¡Hombre, igual no!

Marian estaba muy cabreada,

- ¡¿Es que es imposible echar un polvo decente?! -, se quejó. - Llevo sin echar un buen polvo desde que lo deje con Luis y ya hace más de un año.
- El problema es el rollo de los sexos distintos -, dijo Hugo. - Que no os comprendéis. Eso no pasa entre los geys porque todos sabemos lo que queremos
- ¿Quieres decir que si fuera lesbiana sería más fácil?
- Seguramente.
- ¡No digas tonterías! Los gares sufrís el mundo de las citas tanto como lo sufrimos los heteros. O más.
- ¡Claro que sí!, pero no me refiero a entenderse emocionalmente, me refiero sólo a sexo. Tenemos las cosas más claras.
- Nosotras también. Los que no las tienen muy claras son los tíos que se creen los rollos de las pelis; el tío encima y la tía debajo gritando de placer ¿De verdad os creéis que una tía puede pasárselo bien así?
- ¡Eh, a mí no me metas!, que yo ahí no tengo nada que ver-, se defendió Hugo.

De pronto Marian se dio cuenta de que yo no había intervenido en la discusión,

- ¿Tú no dices nada? -, me preguntó - ¡Claro, cómo tienes una relación sexual de puta madre…?
- Pues no te creas -, dije decaída - últimamente con el agobio de buscar trabajo no tengo ganas de nada. Hace un mes que no echamos un polvo -, confesé.
- ¡Ostra! -, Se le escapó a Marian - ¿Y Marcos que dice?
- Pues, no dice mucho. Está siendo muy comprensivo. Aunque ya empiezo a notar que se está cansando ¡Joder, este estrés se va a cargar también mi relación!
- ¡Buah, no te preocupes! -, dijo Hugo riéndose, - si para que tu novio tenga un orgasmo sólo tienes que enseñarle tu libreta esa que tienes para buscar curro…
- ¡Qué gilipoyas eres! -, le contesté, pero me hizo gracia.
- No te lo tomes a mal, hombre… si ya sabes que estoy loquito por tu novio

Llegué a casa a las once. Marcos estaba sentado en el sofá viendo una peli. Me acerqué por detrás, le mordí la oreja; luego el cuello… El se levantó, me besó y me llevó a la cama; me quitó la ropa y me recordó porque me gusta tanto hacer el amor con él. Le conté la historia del troglodita y los dos nos reímos.

domingo, 10 de junio de 2012

Capítulo 9. Viernes


¡Gracias, porque me acaban de rechazar de un curro por estar sobre cualificada para el puesto!

No, no me he vuelto loca. Esta es mi nueva actitud ante la vida; si me pasa algo bueno, doy las gracias. Mientras estás agradecida vibras en positividad y atraes cosas buenas. Cuando me levanto por las mañanas doy las gracias por todo lo que tengo, incluso las cosas más insignificantes; gracias por este nuevo día lleno de cosas buenas, gracias por el sol que sale a calentarnos y a darnos luz, gracias por Marcos, gracias por esta cama tan cómoda en la que he pasado la noche, gracias por la almohada, sin la que no sé dormir, gracias por mi casa que me cobija y además es bonita y acogedora, gracias por el cafecito que me voy a tomar, gracias por mis amigos, mi familia… ¡Qué el Universo no se olvide de que aprecio estas cosas y que me traiga muchas más! Y si me pasa algo malo, pues también doy las gracias porque seguramente la vida me lo ha puesto delante para que aprenda algo y darme una oportunidad para crecer.

Se lo estaba contando a Marian mientras hacíamos la compra en el Eroski. En ese momento estábamos en la sección de frutería y Marian estaba metiendo un puñado de bolsas de plástico vacías en su carro. Me ha parecido un gesto raro, pero como estaba en medio de mi discurso, no le he prestado más atención.

Marian me ha preguntado con incredulidad:

- ¿Y qué coño crees que tienes que aprender que en todo un año no has aprendido?

Esa misma pregunta me la había hecho yo por la mañana, aunque no en el tono sarcástico de Marian, sino intentando de verdad buscar una respuesta, porque creo que realmente debe haber algo que tengo que aprender para verme en esta situación una y otra vez. A pesar del sarcasmo de Marian, le he contestado; más bien para contestarme a mí misma,

-  Pues no lo sé… Tal vez paciencia –, he dicho no muy convencida.

- ¿Paciencia? –. Y luego, en un tono muy dulce - Cariño, tú tienes más paciencia que el santo Job. Hay que tener paciencia para seguir dedicándose con tanta tenacidad a buscar curro después de todo un año…

-  Sí, ya lo sé.

Y es cierto. Muchas mañanas cuando suena el despertador a las ocho y media y me levanto sin saber muy bien para qué; o cuando abro otra vez el ordenador sin encontrar buenas noticias; o cuando vuelvo a hacer una llamada para oír que han cogido a alguien con un perfil más adecuado que el mío; o cuando reviso todos los currículos enviados sin contestación, me desanimo y pienso cuánto tiempo voy a aguantarlo…, pero enseguida vuelvo a interesarme por un nuevo anuncio, o una llamada para una entrevista y de nuevo empiezo todo el ritual. No, paciencia no me falta, desde luego.

– Igual es humildad lo que tengo que aprender…

- No te queda ni una pizca de vanidad –, ha  dicho moviendo la cabeza, y parecía que iba a añadir; “lamento tener que decírtelo”.

He vuelto a aventurarme,

- ¿Confianza? Igual es que tengo que aprender a confiar en la vida.

-  Pero si cada vez que haces una entrevista de trabajo sales imaginándote a ti misma una semana después entrando por esa misma puerta con tus reglas, escuadrones y el maletín del almuerzo…

- Sí, pero yo no me refiero a eso. Me refiero a saber con seguridad que la vida te va a dar lo que necesitas. Eso no lo hago. Soy bastante miedica –. He vuelto a quedarme pensando un buen rato mientras nos acercábamos a la caja y ponía la compra encima del mostrador. De pronto me he detenido, he  mirado a Marian y he soltado en tono triunfal,

- ¡Agradecimiento! –. ¡Claro, era eso! ¡Había dado con el kit de la cuestión! - ¡Tengo que aprender a ser agradecida! Siempre estoy pensando en lo que me falta, en vez de en lo que tengo –. Me sentía fenomenal, como si hubiera dado con la clave que iba a solucionar mis problemas. Porque si lo que tengo que aprender es agradecimiento, ya estoy en el buen camino, sólo tengo que perfeccionar la técnica un poco, y con un poco de práctica… La cajera estaba pasando mis productos por el escáner,

- Veinticinco con cincuenta –, ha dicho con voz mecánica.

Su voz me ha sobresaltado. Todos mis productos estaban en el mostrador esperando a que yo los recogiera. Me he dado cuenta en ese momento de que no llevaba mi bolsa de la compra.

- Dame una bolsa, por favor.

- ¿Grande o pequeña? –. Otra vez la voz mecánica

- Grande.

- Son cinco céntimos –, ha dicho mientras abría la bolsa para entregármela

En ese momento Marian estaba poniendo su compra en la cinta mecánica. La cajera se ha vuelto hacia ella y le ha preguntado,

- ¿Va a querer bolsa?

- No, ya tengo –, ha contestado, y ha sacado de su carro el manojo de bolsas que había cogido en la sección de frutería.

Yo le he mirado con los ojos abiertos; entre sorprendida y divertida.

- ¿Qué? –. Me ha dicho subiendo los hombros – Hay que poner de manifiesto los absurdos – Y ha hecho una mueca.

Me he empezado a reír. La cajera le había mirado con la misma sorpresa que yo, pero no ha dicho nada. No sé si porque no se ha atrevido o porque ha pensado que no era asunto suyo,

- Treinta con ochenta y cinco –, le ha dicho.

Una vez en la calle, nos hemos dado cuenta de que hacía una tarde preciosa. Todos los bares tenían las terrazas puestas y hemos llamado a Hugo para tomarnos una cervecita antes de volver a casa. Hugo ha sido bastante más cínico que Marian con mi nueva teoría,

- O sea, que si un tío me pisa por la calle yo le doy las gracias por darme la oportunidad de crecer y de aprender a perdonar -. Me miraba con cara guasona – O no, mejor… – ha seguido –, voy a llamar a mi jefe para darle las gracias por explotarme, “sin ti nunca hubiera aprendido lo que es el sacrificio”, le voy a decir.

Y hubiera seguido riéndose de mí si yo no hubiera desviado la conversación a otro punto,

- ¿Qué tal tu cita del otro día? –, le he preguntado a Marian.

- Fatal –, ha contestado tajante.

- Ah, pues no te olvides de llamarle para darle las gracias –, ha dicho Hugo burlón.

Yo le he mirado con cara de “ya está bien…” y él ha hecho un gesto con la mano de “vale, ya está”. Me he vuelto hacia Marian,

- ¿Qué pasó? – le he preguntado.

La historia de Marian y el troglodita, como ella le llama, la dejo para otro día que esto se me está alargando y me quiero acostar.