domingo, 17 de junio de 2012

Capítulo 10. Sábado


¡Indignada! Es la palabra que utilizó Marian para definir su estado de ánimo por lo que pasó el sábado. Y “Troglodita” el que utilizó para calificar a su ligue.


Quedaron a las nueve para cenar en un restaurante japonés. La primera impresión fue buena; el chico era tan mono como Marian lo recordaba y parecía muy majo. Durante la cena todo fue bastante bien, aunque, para el gusto de Marian, demasiado rápida. Al terminar, a ella le hubiera gustado quedarse un rato de sobremesa, charlando, pero él estaba impaciente por marcharse.

Al salir decidieron ir a casa de Marian a tomar una copa. Estaban en el salón, bebiendo vino, escuchando música, riéndose; porque el troglodita era muy divertido, y miraba a Marian como si fuera la chica más guapa del planeta, y le besaba como si no quisiera hacer nada más, nunca, que besarle, y le decía “¡Que cosa tan bonita!”, y ella le miraba, pensando que era una mezcla de niño perdido y hombre que la deseaba, y no podía resistirse al deseo de salvarle de lo que fuera que necesitara ser salvado.

- ¿Nos vamos a la cama?- dijo entonces el troglodita.
- Mmm -, contestó Marian mientras le mordía el labio inferior.
- Coge una peli -, dijo el troglo, levantándose del sillón
- ¿Cuál te apetece? -, Preguntó Marian, encantada de compartir sus cosas con él.
- La que quieras, es que no puedo dormir sin ruido.

“Es que es muy chiquitillo” pensó con ternura, aunque casi tenía cuarenta años, y eligió la peli de Dustin Hoffman “El graduado”.

Cuando Marian llegó al cuarto con la peli, el troglodita ya se había desnudado y metido en la cama.  Marian fue a poner la película y entonces pensó “¿Una peli? Será mejor poner música. Acabamos de tener una cita, hemos ido a cenar, hemos bebido vino en casa y ahora vamos a dormir juntos ¿Una peli?”
- ¿Pongo mejor música? - le preguntó.
- No, música no, que no me duermo. La peli me entretiene hasta dormirme.
- Bueno, pero me tienes a mí -, dijo Marian, poniendo la película y yendo hacia la cama.
- ¡Hombre! ¡Claro! A ti te prefiero antes que mil pelis ¡Faltaría más!

Marian estaba al borde de la cama y se dio cuenta de que estaba vestida y de que se iba a tener que quitar ella la ropa. Se quito sólo los pantalones, y lo demás.. ¡Si quiere que me lo quite él! pensó. Marian se metió en la cama y, no os voy a contar los detalles, pero el resumen es que, a partir de ese momento, todos los que estaban en esa cama se ocuparon de que el troglodita se lo pasara bien.

- ¡Me lo he pasado genial! -, dijo satisfecho, al terminar.
- Ya, ya lo he visto -, contestó Marian sarcástica.
- Oye ¿Tienes algo de comer? -, preguntó de pronto
- ¿Qué quieres? - Marian empezaba a estar un poco enfadada.
- No sé. Lo que sea; un colacao con galletas.


¡Puff! Sonó en la cabeza de Marian,

- Ahora te lo traigo-, dijo levantándose de la cama.

Fue a la cocina, sacó la leche de la nevera, llenó un vaso, lo metió en el microondas, abrió el armario del colacao…Estaba a punto de preguntarle si quería colacao o nesquik, pero reaccionó “¡Ni de coña!”.

- ¡¿Es Dustin Hofman?! - escuchó al troglodita gritando desde el cuarto. Marian no contestó porque estaba en el preciso momento en que los demonios le habían subido a la cabeza.


- ¡Marian! Gritó de nuevo el troglodita ¿Es Dustin Hofman?


Sí, “troglo”, sí, contestó bajito desde la cocina. Puso la leche caliente, el colacao,  el azúcar y las galletas en una bandeja.

Marian volvió al cuarto con la bandeja y la puso en la mesilla del lado de la cama en el que estaba él. El troglodita empezó a engullir mientras comentaba la película.

- Me está interesando la peli ésta – Seguía comiendo -¡Que tía más perra! ¿No?

Marian miraba la película que ya había visto cien veces. De vez en cuando echaba un vistazo al troglo que le preguntó,

- ¿Quieres un poco?
- No, gracias.

El troglodita acabó de comer; retiró la bandeja; puso la cabeza en la almohada y se dispuso a dormir con la película de fondo haciéndole de nana. Ni le miró, ni le besó, ni le abrazó. De pronto roncaba.

Al día siguiente se despidieron con un beso en la puerta.

- ¿Repetiremos? -, preguntó el Troglo

Y Marian contestó,

- ¡Hombre, igual no!

Marian estaba muy cabreada,

- ¡¿Es que es imposible echar un polvo decente?! -, se quejó. - Llevo sin echar un buen polvo desde que lo deje con Luis y ya hace más de un año.
- El problema es el rollo de los sexos distintos -, dijo Hugo. - Que no os comprendéis. Eso no pasa entre los geys porque todos sabemos lo que queremos
- ¿Quieres decir que si fuera lesbiana sería más fácil?
- Seguramente.
- ¡No digas tonterías! Los gares sufrís el mundo de las citas tanto como lo sufrimos los heteros. O más.
- ¡Claro que sí!, pero no me refiero a entenderse emocionalmente, me refiero sólo a sexo. Tenemos las cosas más claras.
- Nosotras también. Los que no las tienen muy claras son los tíos que se creen los rollos de las pelis; el tío encima y la tía debajo gritando de placer ¿De verdad os creéis que una tía puede pasárselo bien así?
- ¡Eh, a mí no me metas!, que yo ahí no tengo nada que ver-, se defendió Hugo.

De pronto Marian se dio cuenta de que yo no había intervenido en la discusión,

- ¿Tú no dices nada? -, me preguntó - ¡Claro, cómo tienes una relación sexual de puta madre…?
- Pues no te creas -, dije decaída - últimamente con el agobio de buscar trabajo no tengo ganas de nada. Hace un mes que no echamos un polvo -, confesé.
- ¡Ostra! -, Se le escapó a Marian - ¿Y Marcos que dice?
- Pues, no dice mucho. Está siendo muy comprensivo. Aunque ya empiezo a notar que se está cansando ¡Joder, este estrés se va a cargar también mi relación!
- ¡Buah, no te preocupes! -, dijo Hugo riéndose, - si para que tu novio tenga un orgasmo sólo tienes que enseñarle tu libreta esa que tienes para buscar curro…
- ¡Qué gilipoyas eres! -, le contesté, pero me hizo gracia.
- No te lo tomes a mal, hombre… si ya sabes que estoy loquito por tu novio

Llegué a casa a las once. Marcos estaba sentado en el sofá viendo una peli. Me acerqué por detrás, le mordí la oreja; luego el cuello… El se levantó, me besó y me llevó a la cama; me quitó la ropa y me recordó porque me gusta tanto hacer el amor con él. Le conté la historia del troglodita y los dos nos reímos.

domingo, 10 de junio de 2012

Capítulo 9. Viernes


¡Gracias, porque me acaban de rechazar de un curro por estar sobre cualificada para el puesto!

No, no me he vuelto loca. Esta es mi nueva actitud ante la vida; si me pasa algo bueno, doy las gracias. Mientras estás agradecida vibras en positividad y atraes cosas buenas. Cuando me levanto por las mañanas doy las gracias por todo lo que tengo, incluso las cosas más insignificantes; gracias por este nuevo día lleno de cosas buenas, gracias por el sol que sale a calentarnos y a darnos luz, gracias por Marcos, gracias por esta cama tan cómoda en la que he pasado la noche, gracias por la almohada, sin la que no sé dormir, gracias por mi casa que me cobija y además es bonita y acogedora, gracias por el cafecito que me voy a tomar, gracias por mis amigos, mi familia… ¡Qué el Universo no se olvide de que aprecio estas cosas y que me traiga muchas más! Y si me pasa algo malo, pues también doy las gracias porque seguramente la vida me lo ha puesto delante para que aprenda algo y darme una oportunidad para crecer.

Se lo estaba contando a Marian mientras hacíamos la compra en el Eroski. En ese momento estábamos en la sección de frutería y Marian estaba metiendo un puñado de bolsas de plástico vacías en su carro. Me ha parecido un gesto raro, pero como estaba en medio de mi discurso, no le he prestado más atención.

Marian me ha preguntado con incredulidad:

- ¿Y qué coño crees que tienes que aprender que en todo un año no has aprendido?

Esa misma pregunta me la había hecho yo por la mañana, aunque no en el tono sarcástico de Marian, sino intentando de verdad buscar una respuesta, porque creo que realmente debe haber algo que tengo que aprender para verme en esta situación una y otra vez. A pesar del sarcasmo de Marian, le he contestado; más bien para contestarme a mí misma,

-  Pues no lo sé… Tal vez paciencia –, he dicho no muy convencida.

- ¿Paciencia? –. Y luego, en un tono muy dulce - Cariño, tú tienes más paciencia que el santo Job. Hay que tener paciencia para seguir dedicándose con tanta tenacidad a buscar curro después de todo un año…

-  Sí, ya lo sé.

Y es cierto. Muchas mañanas cuando suena el despertador a las ocho y media y me levanto sin saber muy bien para qué; o cuando abro otra vez el ordenador sin encontrar buenas noticias; o cuando vuelvo a hacer una llamada para oír que han cogido a alguien con un perfil más adecuado que el mío; o cuando reviso todos los currículos enviados sin contestación, me desanimo y pienso cuánto tiempo voy a aguantarlo…, pero enseguida vuelvo a interesarme por un nuevo anuncio, o una llamada para una entrevista y de nuevo empiezo todo el ritual. No, paciencia no me falta, desde luego.

– Igual es humildad lo que tengo que aprender…

- No te queda ni una pizca de vanidad –, ha  dicho moviendo la cabeza, y parecía que iba a añadir; “lamento tener que decírtelo”.

He vuelto a aventurarme,

- ¿Confianza? Igual es que tengo que aprender a confiar en la vida.

-  Pero si cada vez que haces una entrevista de trabajo sales imaginándote a ti misma una semana después entrando por esa misma puerta con tus reglas, escuadrones y el maletín del almuerzo…

- Sí, pero yo no me refiero a eso. Me refiero a saber con seguridad que la vida te va a dar lo que necesitas. Eso no lo hago. Soy bastante miedica –. He vuelto a quedarme pensando un buen rato mientras nos acercábamos a la caja y ponía la compra encima del mostrador. De pronto me he detenido, he  mirado a Marian y he soltado en tono triunfal,

- ¡Agradecimiento! –. ¡Claro, era eso! ¡Había dado con el kit de la cuestión! - ¡Tengo que aprender a ser agradecida! Siempre estoy pensando en lo que me falta, en vez de en lo que tengo –. Me sentía fenomenal, como si hubiera dado con la clave que iba a solucionar mis problemas. Porque si lo que tengo que aprender es agradecimiento, ya estoy en el buen camino, sólo tengo que perfeccionar la técnica un poco, y con un poco de práctica… La cajera estaba pasando mis productos por el escáner,

- Veinticinco con cincuenta –, ha dicho con voz mecánica.

Su voz me ha sobresaltado. Todos mis productos estaban en el mostrador esperando a que yo los recogiera. Me he dado cuenta en ese momento de que no llevaba mi bolsa de la compra.

- Dame una bolsa, por favor.

- ¿Grande o pequeña? –. Otra vez la voz mecánica

- Grande.

- Son cinco céntimos –, ha dicho mientras abría la bolsa para entregármela

En ese momento Marian estaba poniendo su compra en la cinta mecánica. La cajera se ha vuelto hacia ella y le ha preguntado,

- ¿Va a querer bolsa?

- No, ya tengo –, ha contestado, y ha sacado de su carro el manojo de bolsas que había cogido en la sección de frutería.

Yo le he mirado con los ojos abiertos; entre sorprendida y divertida.

- ¿Qué? –. Me ha dicho subiendo los hombros – Hay que poner de manifiesto los absurdos – Y ha hecho una mueca.

Me he empezado a reír. La cajera le había mirado con la misma sorpresa que yo, pero no ha dicho nada. No sé si porque no se ha atrevido o porque ha pensado que no era asunto suyo,

- Treinta con ochenta y cinco –, le ha dicho.

Una vez en la calle, nos hemos dado cuenta de que hacía una tarde preciosa. Todos los bares tenían las terrazas puestas y hemos llamado a Hugo para tomarnos una cervecita antes de volver a casa. Hugo ha sido bastante más cínico que Marian con mi nueva teoría,

- O sea, que si un tío me pisa por la calle yo le doy las gracias por darme la oportunidad de crecer y de aprender a perdonar -. Me miraba con cara guasona – O no, mejor… – ha seguido –, voy a llamar a mi jefe para darle las gracias por explotarme, “sin ti nunca hubiera aprendido lo que es el sacrificio”, le voy a decir.

Y hubiera seguido riéndose de mí si yo no hubiera desviado la conversación a otro punto,

- ¿Qué tal tu cita del otro día? –, le he preguntado a Marian.

- Fatal –, ha contestado tajante.

- Ah, pues no te olvides de llamarle para darle las gracias –, ha dicho Hugo burlón.

Yo le he mirado con cara de “ya está bien…” y él ha hecho un gesto con la mano de “vale, ya está”. Me he vuelto hacia Marian,

- ¿Qué pasó? – le he preguntado.

La historia de Marian y el troglodita, como ella le llama, la dejo para otro día que esto se me está alargando y me quiero acostar.