domingo, 27 de mayo de 2012

Capítulo 8. Martes


- ¿Qué tal hija? - Era mi madre, a las 09.00 de la mañana.

- Bien mamá ¿Y tú?

- Estoy preparando las maletas porque la semana que viene nos vamos ya a Menorca.- Todos los años, en mayo, mis padres se van 15 días a Menorca con mis tíos. - Tú padre, - ha seguido - había pensado que como volamos primero a Madrid,  podíamos ir un par de días antes, coger un hotel y pasarlos con vosotras.

Yo no estaba segura de si eso me apetecía o no.

- Pero yo no quiero ir a Madrid - ha dicho de pronto.

- ¿Por qué? - Le he preguntado sorprendida.

- Porque me he enterado de que tu hermana está bailando en la calle.

Vaya, ya se había enterado. La última idea de Valeria es que la cultura hay que sacarla a la calle y, aprovechando que su amigo el percusionista portugués ha vuelto a Madrid, baila los sábados en la Plaza Mayor.

- ¿Cómo te has enterado? - Le he preguntado

- Me lo ha dicho ella - y luego - ¿Tú lo sabías?

- Sí

- ¿Y por qué no me has dicho nada?

-  Ya te lo ha dicho ella.

- Sí, pero ¡Cómo me lo ha dicho! - y ha empezado a contarme - El sábado la estuve llamando toda la mañana sin que me cogiera el teléfono. Por fin, contestó por la tarde. Le pregunté dónde había estado y me dice que en la Plaza Mayor ¿Tomando algo en las terracitas?, Le pregunto. No, bailando, me contesta. ¡Ah! ¿Es que hay un festival? No, por mi cuenta, voy todos los sábados. ¡Imagínate! ¡Cómo una mendiga! ¿No pedirás dinero? Le pregunté. Pues claro, me dice, tendré que costear la actuación. ¡Yo a Madrid no voy! ¡Qué disgusto! ¡Imagínate que le ve tu padre!

- Mamá, disgusto sería si a Valeria le hubiera pasado algo, no que esté bailando en la calle y no seas radical, con no venir un sábado o no ir a la Plaza Mayor, ya está.

- Y ¿Si la ven tus tíos? ¿O algún conocido? Pues aquí en Granada no podría hacer eso, ¡Eh! Que con la nueva ley de vagos y maleantes que han sacado, está prohibido.

- Se llama ordenanza para la convivencia.

- ¡Da igual como se llame! Para el caso es lo mismo.

- Eso sí es verdad.

- No te imaginas lo bonita que está Granada sin esa gentuza.

- ¿Quieres decir que Valeria es una vaga y una maleante?

- No, eso no, que Valeria es muy trabajadora. Un poco rara, pero trabajadora. Por eso no entiendo porque quiere que la tomen por una de esos. Mira, lo mejor será que tu padre no se entere.

Por fin ha colgado diciendo que se iba a pensar lo de venir a Madrid. A mí me ha llevado un rato que se me pasara el mal humor; que ni siquiera es mal humor; más bien es tristeza. Me he sentado en el sillón y he puesto La buena vida en el Ipod. He estado así sentada un buen rato. Se me habían quitado las ganas de hacer ya nada en todo el día; hasta que de pronto me he acordado de una anuncio con muy buena pinta que vi ayer a la noche, en el que pedían guías para hacer rutas de arquitectura moderna por Madrid. Muy animada me he levantado del sofá y he encendido mi ordenador para mandarles mi CV. Luego he empezado a soñar, como siempre; me he imaginado a mí misma enseñando Torres Blancas a un grupo de japoneses. Yo he puesto que habló japonés, aunque no me creo capaz de hacer una ruta de arquitectura en japonés. ¡Y seguramente podré ver los edificios por dentro! Sería un trabajo genial y aprendería un montón de arquitectura moderna de Madrid. ¡Por favor, que me salga!


domingo, 20 de mayo de 2012

Capítulo 7. Lunes



He necesitado todo el fin de semana para recuperarme de la entrevista que hice el viernes. No, no, no es que me hicieran ninguna pregunta comprometida ¡Qué va! De hecho, el tío apenas miró mi currículum.

Como os adelantaba el viernes, cogí dos metros para llegar a Monte Carmelo. Yo no había estado allí nunca. Es un barrio de urbanizaciones nuevas en medio del campo. Largas avenidas, sin más comercio que una farmacia aquí, un supermercado allá y algún que otro bar. Me pregunté qué hace alguien con un estudio de arquitectura en un sitio como éste.  Al salir del metro recibí una bofetada de calor. Eran las doce del mediodía y sólo estamos en mayo, pero parecía que eran las tres de la tarde en pleno agosto. Pensé que iba bien de tiempo porque la entrevista no era hasta las 12.30 y seguramente sólo tendría que andar un par de calles, pero cuando pregunté en información, me dijeron que aquello estaba muy lejos y tenía que coger un autobús. Crucé la calle hasta la parada de autobús y miré los horarios de los autobuses; el siguiente autobús no pasaba hasta treinta y cinco minutos más tarde. Si lo esperaba iba a llegar tarde. Miré el plano que me habían dado en información. No parecía que estuviera tan lejos y tenía media hora para llegar. Decidí ir andando. Mala decisión porque resultó que sí que estaba tan lejos y que en todo el camino no había una sola sombra. El sol me iba dando de lleno y enseguida empecé a sudar. Tenía la garganta seca y no había ni un triste bar donde pudiera pararme a beber un vaso de agua. Lo peor, sin embargo, llegó después; al cuarto de hora de ir andando, desapareció la acera y tuve que hacer malabarismos para andar con mis tacones por el polvoriento y pedregoso arcén. Notaba el sudor que me caía por las sienes y por los sobacos, manchando mi vestido gris y no hacía más que pensar en darme la vuelta y volverme a mi casa. De todos modos, no tenía muy claro que quisiera ir hasta allí todos los días para trabajar ¡Dos metros, un autobús… más de hora y media de ida y de vuelta! ¡Muy bien me tendrían que pagar para aceptar el trabajo!

Por fin llegué; con los zapatos grises llenos de polvo, sudorosa, el pañuelo rosa palo hecho un guiñapo y agotada. Me abrió la puerta el dueño del estudio; un chico de unos 45 años; pelo repeinado hacia atrás con un kilo de gomina, pantalones chinos de color beige, camisa de rayas blanca y roja y castellanos sin calcetines. Me saludó muy simpático,

- Soy Javier,- dijo y me pasó a un despacho grande con una mesa en medio que ocupaba la mayor parte del espacio.

Enseguida noté el aire acondicionado y lo agradecí. Me indicó que me sentara en una de las sillas que había ante la mesa y él se sentó en la de al lado.

- Bueno,- dijo mirando mi currículum - así que te licenciaste por la Universidad de Granada.

Yo asentí, sin añadir nada más. Todavía no había recuperado la compostura. El siguió repasando el currículum;

- Tienes experiencia en obra… - siguió leyendo en silencio y finalmente dijo dejando el currículum a un lado - Muy bien, te voy a enseñar lo que vas a hacer aquí.

¿Lo que voy a hacer aquí? Seguía mareada y no acertaba a entender, pero parecía que me había dado el trabajo. Se levantó cogió unos planos y los extendió en la mesa.

- Esto son 26 viviendas que estamos haciendo en Caravaca. A ti te quiero en la obra. - Me miró y preguntó - ¿Tienes coche?

- No. - contesté pensando que ya la había fastidiado.

- Pues necesitas coche. - dijo - pero no importa. Yo te puedo dejar uno para ir desde aquí hasta la obra. - Se levantó otra vez - Venga, vamos que te voy a enseñar donde es.

Salimos del estudio, bajamos a la calle y nos montamos en un BMW negro.  Arrancó el coche y empezó a hablarme de los problemas que estaban teniendo con la obra; que si había salido un montón de agua al excavar donde no figuraba nivel freático, que habían tenido que poner dos bombas hidráulicas para sacarla, que la propiedad estaba de morros por el gasto extra que las bombas suponían y que se había retrasado el hormigonado de la cimentación y con ello todo el plan de obra casi un mes.  Íbamos por una carretera nacional a cuyos lados no se veía más que campo y alguna vaquería de vez en cuando. Al rato tomó un desvío y se metió por un caminillo de tierra. Seguimos por ese camino unos diez minutos. Yo iba pensando, aparte de que aquello estaba en el fin del mundo, que no entendía como había conseguido el trabajo si ni siquiera había hablado. Él iba hablando, en un monólogo desenfadado, sobre los pormenores de la obra, pero yo había perdido el hilo pensando, aliviada, que mi vida en el paro había llegado a su fin y, algo angustiada, que era una hora y media de camino todos los días. Aunque, si voy a dirigir la obra, seguí con lo mío, seguramente me ofrecerá un buen sueldo. Eso compensaría los viajes, desde luego. Me di cuenta en ese momento, tan rápido había sido todo y tan baja de defensas me había pillado, que no había preguntado por las condiciones de trabajo y decidí hacerlo en cuanto llegáramos. Si llegábamos algún día porque ya llevábamos más de veinte minutos por aquel camino inmundo. Cierta felicidad se iba apoderando de mí; no mas páginas de ofertas de empleo, no más caminatas llevando currículos, no más entrevistas, comprarme ropa, hacer viajes... De pronto escuché que decía; 
- y ¡Fíjate, que la gente quiere cobrar por hacer este trabajo!

Creí que no había oído bien. Le miré sobresaltada. El seguía,

- ¡Vamos, tal y cómo están la cosas! Agradecidos tendrían que estar de poder trabajar y coger experiencia y luego, pues ya veremos si se puede cobrar algo.

Sí. Lo había dicho. No pensaba pagarme. Ganas me dieron de decirle que parara el coche en ese mismo momento, pero no me atreví. Teniendo en cuenta donde estábamos pensé que lo mejor sería no enfadarle. Forcé una sonrisa y asentí con la cabeza. A la sorpresa, al escuchar aquellas palabras, le siguió la rabia y la indignación y noté como la cara se me ponía roja y las lágrimas casi salían de mis ojos; una hora en el metro; más de media hora andando bajo un sol torturador; estaba sucia y sudada; eran casi las dos de la tarde y me hallaba en algún lugar apartado de la mano de Dios y lo peor; cuando todo esto acabara, todavía tendría que hacer el camino de vuelta a casa. “Me merezco lo mejor y lo acepto ahora mismo” pensé y me dieron ganas de estrellar el maldito libro contra la pared.

Por fin llegamos. En medio del campo se levantaban los cimientos de lo que, algún día, serían unas casas; si es que este tío consigue engañar a algún arquitecto para que las termine, pensé. Junto a ellos había una pequeña caseta de obra blanca, a la puerta de la cual paró el coche. Había dos o tres albañiles trabajando. Me presentó al jefe de obra de la constructora diciéndole que yo empezaría a trabajar allí el lunes. Sí, vas dado, pensé, pero puse una sonrisa, no voy a decir que la mejor porque no lo era, y le di la mano. Fuimos hacia la caseta, mientras el jefe de obra nos contaba no sé qué problemas que estaban teniendo con las arquetas. Una vez en la caseta Javier me dijo que ellos tenían que ir un momento a solucionar no sé que problema y que le esperara, que volverían enseguida. Me senté en una silla a esperar. Media hora después, todavía no habían vuelto. Eran ya las tres de la tarde y  Marcos, que acababa de llegar a casa, me llamó al móvil.

- ¿Dónde estás?

Al oír su voz no pude contener el llanto.

- Pero ¿Qué pasa? - Preguntó asustado.

- Luego te lo cuento.- dije entre sollozos que intentaba reprimir.

- Pero ¿Dónde estás? - Casi me gritó.

- No lo sé. En una caseta de obra, en medio de ningún sitio en la que me ha abandonado un pijo negrero que no me quiere pagar. - dije llorando.

El pijo negrero y el jefe de obra no volvieron hasta las tres y media. Al menos tuvo la delicadeza de dejarme en la boca del metro y al despedirse me dijo,

- Bueno, pues nos vemos el lunes a las nueve.

- Vale - le contesté. Esta vez sí, con mi mejor sonrisa.

martes, 15 de mayo de 2012

Capítulo 6. Viernes

Uno de los peores momentos de un día de entrevista es el momento de vestirme. Podría tener un uniforme de entrevistas y plantármelo sin pensar más, pero no puedo porque lo que un día me parece que me queda bien, otro me parece que me hace gorda o que es muy serio, o demasiado animado…

Esta mañana me he puesto un traje de chaqueta beige con una camiseta negra y zapatos beiges; los zapatos tenían mucho tacón. Me he tenido que cambiar el traje entero porque no tengo otros zapatos que vayan con ese traje. Vestido verde, ajustado y con escote de pico; me hace tripa. Pantalón negro y camisa blanca; muy típico de entrevista. Finalmente me he quedado satisfecha con un vestido camisero gris, tacones grises y un pañuelo rosa palo en el cuello. Todo esto son las rentas de cuando trabajaba porque desde que estoy en paro apenas me he podido comprar ropa. Lo que nunca cambia para las entrevistas es mi ropa interior; un conjunto fetiche, color verde hoja, que me compré en Womans and pretis, como dice mi madre ¿Womans and petris, mamá? Sí hombre, la tienda esa donde os compráis los bañadores ¡Ah, vale!

 Lo que más nerviosa me pone de las entrevistas son las dichosas preguntitas. Además, me parecen absurdas porque no creo que muestren si eres apto o no para el puesto. Ni siquiera que tipo de persona eres. Como mucho muestran tu habilidad dialéctica y tu capacidad para encontrar respuestas brillantes y acertadas. Yo creo que toda esta parafernalia de preguntas y pruebas es un rollo que se inventan los de recursos humanos para justificar su trabajo. Por eso las preguntas son cada vez más rebuscadas.

La última entrevista de trabajo que hice fue para una empresa que construía centros comerciales. El trabajo no me apasionaba, pero pagaban bien, te hacían contrato y el horario era bueno. Me entrevistaron un señor de unos cincuenta años y una chica joven con voz afectada y una artificial amabilidad que, desde el principio, me hicieron pensar, sin equivocarme, que era la de RRHH. Sí, sí, es así. Yo no sé porqué. No sé si les dan un curso o qué, pero la mayoría adoptan la misma actitud. Es como si te estuvieran diciendo; te encantaría trabajar en esta empresa porque somos súper comprensivos y súper guays. Me pregunto si pondrán el mismo tono cuando tienen que despedir a alguien. Me imagino que sí, pero esta vez dicen; lo siento, ya no vas a trabajar con nosotros que somos tan comprensivos y tan guays… Bueno, a lo que iba; la entrevista fue muy bien. Preguntaron por mi currículum, mi experiencia, mis intereses… Después, la chica, entrelazó los dedos de las manos, apoyó la barbilla en ellas y con la misma voz afectada, una dulce sonrisa, artificial, y llamándome por mi nombre me preguntó por: mi mayor reto profesional, mi mayor reto informático y mi mayor reto personal. El profesional y el informático no eran difíciles de contestar, pero el personal… A mí lo único que se me ocurría era aquella vez, en un bar, que había un tío que estaba muy bueno y todas mis amigas se lo querían ligar y, al final, me lo ligué yo. Me imagino la cara que hubiera puesto la de la voz afectada si le hubiera contestado eso.

Es por eso que me pongo tan nerviosa con las entrevistas de trabajo. Sólo puedo pensar en las preguntas que me van a hacer y si se me ocurrirá alguna mentira brillante y acertada para contestarlas. A tal punto llega mi obsesión con las preguntas que un día que me estaban entrevistando para un estudio muy importante y conocido aquí en Madrid, llegando al final de la entrevista, después de haber salido airosa de todas las preguntas que se le ocurrieron al terrorista de RRHH, la chica que me entrevistaba abrió el ordenador y me enseñó el organigrama de la empresa. Al frente aparecían las fotos de dos hombres trajeados. De cada uno de ellos salían una serie de flechas hacia abajo y sus subordinados,

- Tú reportarías a esta persona. - me dijo la chica señalándome una de las fotos, y continúo -  ¿Cómo es esta persona? 

Claramente no me estaba haciendo esa pregunta a mí sino que en ese momento se disponía ella misma a contestarla. Pero yo, con mi obsesión por responder a todas las preguntas, tragué saliva y, titubeando, empecé a contestar,

- Pues… así… por la foto… parece una persona con gran personalidad…

Menos mal que la chica me interrumpió enseguida porque no sé que hubiera sido capaz de decir. Vamos, que yo, con mi obsesión por contestar y contestar, contesto a cualquier cosa. 

Me contó Marian que, en una entrevista, no hacían más que preguntarle por su vida personal y si pensaba tener hijos… Marian eludía estas preguntas de la forma más diplomática que podía y, al final, el chico le preguntó que cuándo le iba a venir la próxima regla. Por su puesto Marian le dijo que eso no era asunto suyo y el chico salió del paso diciendo que era por una prueba médica que tenía que pasar. Yo, con mi obsesión por contestar, seguro que le hubiera dicho cuando era mi próxima regla y hasta cuando había echado el último polvo.

Uff! Ya son las 11.00! Tengo que irme ya. El estudio en el que tengo la entrevista está en Monte Carmelo, donde Sansón perdió el flequillo. Lo he mirado en Internet y es una urbanización de las afueras de Madrid. Tengo que coger dos metros y he calculado una hora larga para llegar hasta allí.