Al final mi madre se convenció de que era una tontería no
venir a Madrid por lo de Valeria y han estado aquí un par de días. Eso sí, le
hizo prometer a Valeria que no iba a contar nada de sus actuaciones callejeras
delante de mi padre. Valeria aceptó no de muy buena gana, diciendo que no se
sentía bien ocultándole a su padre cómo es y lo que hace, y terminó diciendo
que accedía a no contárselo por su cuenta, pero que si le preguntaba, no le iba
a mentir. Mi madre debió de pensar que es poco probable que mi padre le
pregunte a Valeria si baila los sábados en la Plaza Mayor pidiendo dinero “cual
mendiga” y finalmente se decidió a venir a pasar un par de días con sus hijas.
Quedé con ellos por la mañana en mi casa para luego ir a
dar una vuelta por Madrid y reunirnos más tarde con Valeria para comer. Llegaron
sobre las 12.30 del mediodía. Los esperaba con ganas. Hacía ya más de cuatro
meses que no los veía. Había limpiado la casa, preparado un gazpacho fresquito,
me había puesto guapa… Se me quitaron las ganas en cuanto abrí la puerta y lo
primero que dijo mi madre, sin un hola, ni un beso, fue,
- No recordaba que esta entrada fuera tan pequeña.
¡¿Por qué siempre me olvido?! Si lo recordara estaría
preparada y no sería como
si arrojara una jarra de agua fría sobre mi entusiasmo.
- Hola mamá – contesté – Hola papá.
- Hola cariño – dijeron, mientras me besaban.
- ¡Hija, que horror de cuadro! – Se refería al cuadro de
Frank Zappa cagando, que Marcos ha colgado en la entrada. A mí tampoco me
gusta, pero es descorazonador que después de cuatro meses sin ver a su hija,
sus primeros comentarios sean sobre cuadros, cortinas… - Este piso era exterior
¿Verdad?
- Sí – contesté mientras los pasaba al salón, donde están
las dos únicas ventanas de la casa - ¿Qué tal el vuelo?
- Hija, un coñazo – contestó tajante mi madre -. Y con tu
padre peor, que siempre está dando la nota ¿Te puedes creer que se pone a fumar
en el avión?
- ¡Papá!
- ¿Qué pasa? – Me dijo con su tono de “no te pongas
histérica”
- ¡Qué no puedes fumar en el avión! –
- Sí que puedo. Ya lo he hecho. No pasa nada. Tengo un
truco… - Vale, éste es mi padre. Yo le miraba sin poder creérmelo, pero en el
fondo me hace gracia. Si es que es un anarquista sin remedio – Mira, yo me
enciendo el cigarro y cuando viene la azafata a decirme que no puedo fumar yo
me deshago en “lo sientos” y le digo que no me había dado cuenta, pero para
entonces ya le he dado cuatro o cinco caladas al cigarro.
Luego mi padre me preguntó por Marcos. Ese es también mi
padre; no me pregunta por mí porque la respuesta sería “mal” y no le gusta
reconocer que las cosas puedan ir mal. Pregunta por Marcos que sabe que la
respuesta es muy bien; “…el trabajo muy bien, ahora está haciendo un master en
la empresa y en cuanto lo termine le van a ascender…”
Mientras hablaba con mi padre notaba como mi madre me
inspeccionaba de arriba abajo, la miré. Estaba poniendo esa cara de desagrado
que conozco tan bien; así que le dije, refiriéndome al vestido,
- Es de Custo – no es que yo me compre vestidos de Custo,
pero éste me lo dio Marian que ya no se lo ponía.
- Hija, pues parece del mercadillo – me soltó. Me di
cuenta de que como yo no aflojara un poco íbamos a acabar enfadándonos, como
siempre.
- Acabo de hacer gazpacho ¿Queréis un poco? - dije
Fui a la cocina y serví tres vasos de gazpacho. Volví con
los vasos en una bandeja y la puse encima de la mesita que hay enfrente del
sillón mientras los repartía,
- Uy, hija ¿Es que
no tienes un chino?
- No, mamá, no tengo un chino ¿Qué le pasa? ¿No está
bueno?
- Sí, bueno si está, pero tiene las pielecillas del
tomate. No se puede hacer gazpacho sin un chino. No entiendo porque no tienes
un chino, si eso vale dos duros.
- Vale, no te preocupes, voy a bajar ahora mismo y voy a
comprar un chino
- ¿Ahora?
- Sí, es un momento. – Necesitaba salir de allí unos
minutos y me acababa de dar la excusa perfecta – No os lo bebáis. Ahora vengo y
los paso por el chino. Si queréis, mientras tanto, en la nevera hay cervezas.- Según lo decía me acordé de que mi padre no bebe cerveza, sólo vino. El wisky es una bebida de putas y forajidos y el ron lo beben los bucaneros. Él sólo bebe vino.
Salí de casa. Cerré la puerta. Respiré. Me dije a mí
misma que sólo eran dos días. Sólo tenía que tomarme todo con tranquilidad y
pensar que enseguida se iban a ir y que dentro de cuatro meses volvería a tener
ganas de verlos. Salí del portal y crucé la calle para entrar en el chino de
enfrente. Antes de entrar pensé que iba a ser un poco raro pedir un chino en un
chino y que seguramente no tendrían ni idea de que era aquello,
- ¿Un aparato que es como un colador metálico para pasar el
gazpacho? – Le explique de la mejor forma que supe, haciendo gestos.
- ¿Un chino? – me preguntó el chino con su sonrisa de
chino; abriendo mucho los ojos y apretando los labios. Me dejó estupefacta. No
sólo lo tienen todo sino que lo saben todo...
Entré en casa con el chino y con el espíritu renovado
después del encuentro con el chino, que me había hecho tanta gracia. Mi padre,
sentado en el sillón y ojeando una de mis revistas de arquitectura me dijo,
- Te han llamado por teléfono. Algo de un trabajo, pero
tu madre ya les ha dicho que no estás buscando trabajo.
¡Cómo! No podía digerir lo que estaba escuchando y cuando
lo hice un calor sofocante empezó a subirme por el cuerpo
- ¡Mamá! – Le grité a mi madre que estaba en la cocina, y
fui corriendo hacia allí - ¡¿Me han llamado para un trabajo y les has dicho que
no estaba buscando trabajo?!
- Sí – Contestó como si estuviera confundida.
- ¡¿Cómo que no estoy buscando trabajo?!
- Eso me dijiste – se había hecho pequeñita ante mis
gritos.
- ¡¿Cuándo?!
- Pues el otro
día. Me dijiste que habíais decidido que ya que no encontrabas trabajo ibais a
aprovechar para tener un hijo.
- ¡¿Qué?!
Me acordé de mi conversación telefónica con ella hacía un
par de semanas. Le había dicho “No sé, igual podría aprovechar este momento para
tener un hijo”, pero era sólo algo que
se me había pasado por la cabeza, como se me habría podido pasar viajar a
Sudamérica con una mochila o volver a la Universidad. ¿De dónde se ha sacado el
“habéis decidido tener un hijo”?
Pero, ¡¿Por qué nunca me acuerdo?! ¿Por qué no le
respondo a todo como Valeria “si, no, vale”?
- Entonces ¿No vais a tener un hijo? – dijo decepcionada.
- ¡No! – le grite, todavía indignada.
- Vaya, pues yo ya se lo había dicho a todas mis amigas. Y
que esta vez era como Dios manda.
La miré atónita,
- ¿Cómo manda Dios?
- Pues con un padre. Como debe ser.
Mi enfado se convirtió en tristeza. Mi
madre es la única persona capaz de hacerte pasar de estar furiosa a sentirte
profundamente triste,
- Mamá, si te escuchara decir eso Valeria se pondría muy
triste
- Pues será que no se siente tan bien con lo que hace, o no le tendría por que afectar lo que yo diga.
Ni le respondí,
- ¿Sabes de dónde llamaban?
- ¿Cómo?
- Los del trabajo
- Ay, no hija, no me he quedado con el nombre… Era algo de
unas rutas
Pasamos los dos días lo mejor que pudimos; más mal que bien.
Esta vez voy a necesitar más de cuatro meses para tener ganas de verlos. Esa
misma tarde llamé a los del trabajo de Arquirrutas y he concertado una
entrevista con ellos para la semana que viene, pero ni eso me ha subido el
ánimo…