He necesitado todo el fin de semana para recuperarme
de la entrevista que hice el viernes. No, no, no es que me hicieran ninguna
pregunta comprometida ¡Qué va! De hecho, el tío apenas miró mi currículum.
Como os adelantaba el viernes, cogí dos metros para
llegar a Monte Carmelo. Yo no había estado allí nunca. Es un barrio de
urbanizaciones nuevas en medio del campo. Largas avenidas, sin más comercio que
una farmacia aquí, un supermercado allá y algún que otro bar. Me pregunté qué
hace alguien con un estudio de arquitectura en
un sitio como éste. Al salir del metro
recibí una bofetada de calor. Eran las doce del mediodía y sólo estamos en
mayo, pero parecía que eran las tres de la tarde en pleno agosto. Pensé que iba
bien de tiempo porque la entrevista no era hasta las 12.30 y seguramente sólo
tendría que andar un par de calles, pero cuando pregunté en información, me
dijeron que aquello estaba muy lejos y tenía que coger un autobús. Crucé la
calle hasta la parada de autobús y miré los horarios de los autobuses; el
siguiente autobús no pasaba hasta treinta y cinco minutos más tarde. Si lo
esperaba iba a llegar tarde. Miré el plano que me habían dado en información.
No parecía que estuviera tan lejos y tenía media hora para llegar. Decidí ir
andando. Mala decisión porque resultó que sí que estaba tan lejos y que en todo
el camino no había una sola sombra. El sol me iba dando de lleno y enseguida empecé
a sudar. Tenía la garganta seca y no había ni un triste bar donde pudiera
pararme a beber un vaso de agua. Lo peor, sin embargo, llegó después; al cuarto
de hora de ir andando, desapareció la acera y tuve que hacer malabarismos para
andar con mis tacones por el polvoriento y pedregoso arcén. Notaba el sudor que
me caía por las sienes y por los sobacos, manchando mi
vestido gris y no hacía más que pensar en darme la vuelta y volverme a
mi casa. De todos modos, no tenía muy claro que quisiera ir hasta allí todos
los días para trabajar ¡Dos metros, un autobús… más de hora y media de ida y de
vuelta! ¡Muy bien me tendrían que pagar para aceptar el trabajo!
Por fin llegué; con los zapatos grises llenos de
polvo, sudorosa, el pañuelo rosa palo hecho un guiñapo
y agotada. Me abrió la puerta el dueño del estudio; un chico de unos 45 años; pelo repeinado hacia atrás con un kilo de gomina, pantalones
chinos de color beige, camisa de rayas blanca y roja y castellanos sin
calcetines. Me saludó muy simpático,
- Soy Javier,- dijo y me pasó a un
despacho grande con una mesa en medio que ocupaba la mayor parte del espacio.
Enseguida noté el aire acondicionado y lo agradecí. Me indicó que me sentara en
una de las sillas que había ante la mesa y él se sentó en la de al lado.
- Bueno,- dijo mirando mi currículum - así que te licenciaste por la Universidad de Granada.
Yo asentí, sin
añadir nada más. Todavía no había recuperado la compostura. El siguió
repasando el currículum;
- Tienes experiencia en obra… - siguió leyendo en silencio y finalmente dijo dejando el currículum a un lado - Muy bien, te voy a enseñar lo que vas a hacer aquí.
¿Lo que voy a
hacer aquí? Seguía mareada y no acertaba a entender, pero parecía que me había
dado el trabajo. Se levantó cogió unos planos y los extendió en la mesa.
- Esto
son 26 viviendas que estamos haciendo en Caravaca. A ti te quiero en la obra. - Me miró
y preguntó - ¿Tienes coche?
- No. - contesté pensando que ya la había fastidiado.
- Pues necesitas coche. - dijo - pero no importa. Yo te puedo dejar uno para ir
desde aquí hasta la obra. - Se levantó otra vez - Venga, vamos que te voy a
enseñar donde es.
Salimos del estudio, bajamos a la calle y nos montamos en un
BMW negro. Arrancó el coche y empezó a
hablarme de los problemas que estaban teniendo con la obra; que si había salido un montón de agua al excavar donde no figuraba
nivel freático, que habían tenido que poner dos bombas hidráulicas para
sacarla, que la propiedad estaba de morros por el gasto extra que las bombas
suponían y que se había retrasado el hormigonado de la cimentación y con ello
todo el plan de obra casi un mes. Íbamos por una carretera nacional a cuyos
lados no se veía más que campo y alguna vaquería de vez en cuando. Al rato tomó
un desvío y se metió por un caminillo de tierra. Seguimos por ese camino unos
diez minutos. Yo iba pensando, aparte de que aquello estaba en el fin del
mundo, que no entendía como había conseguido el trabajo si ni siquiera había
hablado. Él iba hablando, en un monólogo desenfadado,
sobre los pormenores de la obra, pero yo había perdido el hilo pensando,
aliviada, que mi vida en el paro había llegado a su fin y, algo angustiada, que
era una hora y media de camino todos los días. Aunque, si voy a dirigir la obra,
seguí con lo mío, seguramente me ofrecerá un buen sueldo. Eso compensaría los
viajes, desde luego. Me di cuenta en ese momento, tan rápido había sido todo y
tan baja de defensas me había pillado, que no había preguntado por las
condiciones de trabajo y decidí hacerlo en cuanto llegáramos. Si llegábamos
algún día porque ya llevábamos más de veinte minutos por aquel camino inmundo. Cierta
felicidad se iba apoderando de mí; no mas páginas de ofertas de empleo, no más
caminatas llevando currículos, no más entrevistas, comprarme ropa, hacer
viajes... De pronto escuché que decía;
- y ¡Fíjate, que la gente quiere cobrar por
hacer este trabajo!
Creí que no había oído bien. Le miré sobresaltada. El seguía,
- ¡Vamos, tal y cómo están la cosas! Agradecidos tendrían que estar de poder
trabajar y coger experiencia y luego, pues ya veremos si se puede cobrar algo.
Sí. Lo había dicho. No pensaba pagarme.
Ganas me dieron de decirle que parara el coche en ese mismo momento, pero no me
atreví. Teniendo en cuenta donde estábamos pensé que lo mejor sería no
enfadarle. Forcé una sonrisa y asentí con la cabeza. A la sorpresa, al escuchar
aquellas palabras, le siguió la rabia y la indignación y noté como la cara se
me ponía roja y las lágrimas casi salían de mis ojos; una hora en el metro; más
de media hora andando bajo un sol torturador; estaba sucia y sudada; eran casi
las dos de la tarde y me hallaba en algún lugar
apartado de la mano de Dios y lo peor; cuando todo esto acabara, todavía tendría
que hacer el camino de vuelta a casa. “Me merezco lo mejor y lo acepto ahora
mismo” pensé y me dieron ganas de estrellar el maldito libro contra la pared.
Por fin llegamos. En medio del campo se levantaban
los cimientos de lo que, algún día, serían unas
casas; si es que este tío consigue engañar a
algún arquitecto para que las termine, pensé. Junto a
ellos había una pequeña caseta de obra blanca, a la puerta de la cual paró el
coche. Había dos o tres albañiles trabajando. Me presentó al jefe de obra de la constructora diciéndole que yo
empezaría a trabajar allí el lunes. Sí, vas dado, pensé, pero puse una sonrisa,
no voy a decir que la mejor porque no lo era, y le di la mano. Fuimos hacia la
caseta, mientras el jefe de obra nos contaba no
sé qué problemas que estaban teniendo con las arquetas. Una vez en la caseta Javier
me dijo que ellos tenían que ir un momento a
solucionar no sé que problema y que le esperara, que volverían enseguida. Me
senté en una silla a esperar. Media hora después, todavía no habían vuelto.
Eran ya las tres de la tarde y Marcos,
que acababa de llegar a casa, me llamó al móvil.
- ¿Dónde estás?
Al oír su voz no
pude contener el llanto.
- Pero ¿Qué pasa? - Preguntó asustado.
- Luego te lo cuento.- dije entre sollozos que intentaba reprimir.
- Pero ¿Dónde estás? - Casi me gritó.
- No
lo sé. En una caseta de obra, en medio de ningún sitio en la que me ha
abandonado un pijo negrero que no me quiere pagar. - dije llorando.
El pijo negrero y el jefe de obra no volvieron hasta las tres y media. Al menos tuvo
la delicadeza de dejarme en la boca del metro y al despedirse me dijo,
- Bueno,
pues nos vemos el lunes a las nueve.
- Vale - le contesté. Esta vez sí, con mi mejor
sonrisa.
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