domingo, 20 de mayo de 2012

Capítulo 7. Lunes



He necesitado todo el fin de semana para recuperarme de la entrevista que hice el viernes. No, no, no es que me hicieran ninguna pregunta comprometida ¡Qué va! De hecho, el tío apenas miró mi currículum.

Como os adelantaba el viernes, cogí dos metros para llegar a Monte Carmelo. Yo no había estado allí nunca. Es un barrio de urbanizaciones nuevas en medio del campo. Largas avenidas, sin más comercio que una farmacia aquí, un supermercado allá y algún que otro bar. Me pregunté qué hace alguien con un estudio de arquitectura en un sitio como éste.  Al salir del metro recibí una bofetada de calor. Eran las doce del mediodía y sólo estamos en mayo, pero parecía que eran las tres de la tarde en pleno agosto. Pensé que iba bien de tiempo porque la entrevista no era hasta las 12.30 y seguramente sólo tendría que andar un par de calles, pero cuando pregunté en información, me dijeron que aquello estaba muy lejos y tenía que coger un autobús. Crucé la calle hasta la parada de autobús y miré los horarios de los autobuses; el siguiente autobús no pasaba hasta treinta y cinco minutos más tarde. Si lo esperaba iba a llegar tarde. Miré el plano que me habían dado en información. No parecía que estuviera tan lejos y tenía media hora para llegar. Decidí ir andando. Mala decisión porque resultó que sí que estaba tan lejos y que en todo el camino no había una sola sombra. El sol me iba dando de lleno y enseguida empecé a sudar. Tenía la garganta seca y no había ni un triste bar donde pudiera pararme a beber un vaso de agua. Lo peor, sin embargo, llegó después; al cuarto de hora de ir andando, desapareció la acera y tuve que hacer malabarismos para andar con mis tacones por el polvoriento y pedregoso arcén. Notaba el sudor que me caía por las sienes y por los sobacos, manchando mi vestido gris y no hacía más que pensar en darme la vuelta y volverme a mi casa. De todos modos, no tenía muy claro que quisiera ir hasta allí todos los días para trabajar ¡Dos metros, un autobús… más de hora y media de ida y de vuelta! ¡Muy bien me tendrían que pagar para aceptar el trabajo!

Por fin llegué; con los zapatos grises llenos de polvo, sudorosa, el pañuelo rosa palo hecho un guiñapo y agotada. Me abrió la puerta el dueño del estudio; un chico de unos 45 años; pelo repeinado hacia atrás con un kilo de gomina, pantalones chinos de color beige, camisa de rayas blanca y roja y castellanos sin calcetines. Me saludó muy simpático,

- Soy Javier,- dijo y me pasó a un despacho grande con una mesa en medio que ocupaba la mayor parte del espacio.

Enseguida noté el aire acondicionado y lo agradecí. Me indicó que me sentara en una de las sillas que había ante la mesa y él se sentó en la de al lado.

- Bueno,- dijo mirando mi currículum - así que te licenciaste por la Universidad de Granada.

Yo asentí, sin añadir nada más. Todavía no había recuperado la compostura. El siguió repasando el currículum;

- Tienes experiencia en obra… - siguió leyendo en silencio y finalmente dijo dejando el currículum a un lado - Muy bien, te voy a enseñar lo que vas a hacer aquí.

¿Lo que voy a hacer aquí? Seguía mareada y no acertaba a entender, pero parecía que me había dado el trabajo. Se levantó cogió unos planos y los extendió en la mesa.

- Esto son 26 viviendas que estamos haciendo en Caravaca. A ti te quiero en la obra. - Me miró y preguntó - ¿Tienes coche?

- No. - contesté pensando que ya la había fastidiado.

- Pues necesitas coche. - dijo - pero no importa. Yo te puedo dejar uno para ir desde aquí hasta la obra. - Se levantó otra vez - Venga, vamos que te voy a enseñar donde es.

Salimos del estudio, bajamos a la calle y nos montamos en un BMW negro.  Arrancó el coche y empezó a hablarme de los problemas que estaban teniendo con la obra; que si había salido un montón de agua al excavar donde no figuraba nivel freático, que habían tenido que poner dos bombas hidráulicas para sacarla, que la propiedad estaba de morros por el gasto extra que las bombas suponían y que se había retrasado el hormigonado de la cimentación y con ello todo el plan de obra casi un mes.  Íbamos por una carretera nacional a cuyos lados no se veía más que campo y alguna vaquería de vez en cuando. Al rato tomó un desvío y se metió por un caminillo de tierra. Seguimos por ese camino unos diez minutos. Yo iba pensando, aparte de que aquello estaba en el fin del mundo, que no entendía como había conseguido el trabajo si ni siquiera había hablado. Él iba hablando, en un monólogo desenfadado, sobre los pormenores de la obra, pero yo había perdido el hilo pensando, aliviada, que mi vida en el paro había llegado a su fin y, algo angustiada, que era una hora y media de camino todos los días. Aunque, si voy a dirigir la obra, seguí con lo mío, seguramente me ofrecerá un buen sueldo. Eso compensaría los viajes, desde luego. Me di cuenta en ese momento, tan rápido había sido todo y tan baja de defensas me había pillado, que no había preguntado por las condiciones de trabajo y decidí hacerlo en cuanto llegáramos. Si llegábamos algún día porque ya llevábamos más de veinte minutos por aquel camino inmundo. Cierta felicidad se iba apoderando de mí; no mas páginas de ofertas de empleo, no más caminatas llevando currículos, no más entrevistas, comprarme ropa, hacer viajes... De pronto escuché que decía; 
- y ¡Fíjate, que la gente quiere cobrar por hacer este trabajo!

Creí que no había oído bien. Le miré sobresaltada. El seguía,

- ¡Vamos, tal y cómo están la cosas! Agradecidos tendrían que estar de poder trabajar y coger experiencia y luego, pues ya veremos si se puede cobrar algo.

Sí. Lo había dicho. No pensaba pagarme. Ganas me dieron de decirle que parara el coche en ese mismo momento, pero no me atreví. Teniendo en cuenta donde estábamos pensé que lo mejor sería no enfadarle. Forcé una sonrisa y asentí con la cabeza. A la sorpresa, al escuchar aquellas palabras, le siguió la rabia y la indignación y noté como la cara se me ponía roja y las lágrimas casi salían de mis ojos; una hora en el metro; más de media hora andando bajo un sol torturador; estaba sucia y sudada; eran casi las dos de la tarde y me hallaba en algún lugar apartado de la mano de Dios y lo peor; cuando todo esto acabara, todavía tendría que hacer el camino de vuelta a casa. “Me merezco lo mejor y lo acepto ahora mismo” pensé y me dieron ganas de estrellar el maldito libro contra la pared.

Por fin llegamos. En medio del campo se levantaban los cimientos de lo que, algún día, serían unas casas; si es que este tío consigue engañar a algún arquitecto para que las termine, pensé. Junto a ellos había una pequeña caseta de obra blanca, a la puerta de la cual paró el coche. Había dos o tres albañiles trabajando. Me presentó al jefe de obra de la constructora diciéndole que yo empezaría a trabajar allí el lunes. Sí, vas dado, pensé, pero puse una sonrisa, no voy a decir que la mejor porque no lo era, y le di la mano. Fuimos hacia la caseta, mientras el jefe de obra nos contaba no sé qué problemas que estaban teniendo con las arquetas. Una vez en la caseta Javier me dijo que ellos tenían que ir un momento a solucionar no sé que problema y que le esperara, que volverían enseguida. Me senté en una silla a esperar. Media hora después, todavía no habían vuelto. Eran ya las tres de la tarde y  Marcos, que acababa de llegar a casa, me llamó al móvil.

- ¿Dónde estás?

Al oír su voz no pude contener el llanto.

- Pero ¿Qué pasa? - Preguntó asustado.

- Luego te lo cuento.- dije entre sollozos que intentaba reprimir.

- Pero ¿Dónde estás? - Casi me gritó.

- No lo sé. En una caseta de obra, en medio de ningún sitio en la que me ha abandonado un pijo negrero que no me quiere pagar. - dije llorando.

El pijo negrero y el jefe de obra no volvieron hasta las tres y media. Al menos tuvo la delicadeza de dejarme en la boca del metro y al despedirse me dijo,

- Bueno, pues nos vemos el lunes a las nueve.

- Vale - le contesté. Esta vez sí, con mi mejor sonrisa.

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