martes, 15 de mayo de 2012

Capítulo 6. Viernes

Uno de los peores momentos de un día de entrevista es el momento de vestirme. Podría tener un uniforme de entrevistas y plantármelo sin pensar más, pero no puedo porque lo que un día me parece que me queda bien, otro me parece que me hace gorda o que es muy serio, o demasiado animado…

Esta mañana me he puesto un traje de chaqueta beige con una camiseta negra y zapatos beiges; los zapatos tenían mucho tacón. Me he tenido que cambiar el traje entero porque no tengo otros zapatos que vayan con ese traje. Vestido verde, ajustado y con escote de pico; me hace tripa. Pantalón negro y camisa blanca; muy típico de entrevista. Finalmente me he quedado satisfecha con un vestido camisero gris, tacones grises y un pañuelo rosa palo en el cuello. Todo esto son las rentas de cuando trabajaba porque desde que estoy en paro apenas me he podido comprar ropa. Lo que nunca cambia para las entrevistas es mi ropa interior; un conjunto fetiche, color verde hoja, que me compré en Womans and pretis, como dice mi madre ¿Womans and petris, mamá? Sí hombre, la tienda esa donde os compráis los bañadores ¡Ah, vale!

 Lo que más nerviosa me pone de las entrevistas son las dichosas preguntitas. Además, me parecen absurdas porque no creo que muestren si eres apto o no para el puesto. Ni siquiera que tipo de persona eres. Como mucho muestran tu habilidad dialéctica y tu capacidad para encontrar respuestas brillantes y acertadas. Yo creo que toda esta parafernalia de preguntas y pruebas es un rollo que se inventan los de recursos humanos para justificar su trabajo. Por eso las preguntas son cada vez más rebuscadas.

La última entrevista de trabajo que hice fue para una empresa que construía centros comerciales. El trabajo no me apasionaba, pero pagaban bien, te hacían contrato y el horario era bueno. Me entrevistaron un señor de unos cincuenta años y una chica joven con voz afectada y una artificial amabilidad que, desde el principio, me hicieron pensar, sin equivocarme, que era la de RRHH. Sí, sí, es así. Yo no sé porqué. No sé si les dan un curso o qué, pero la mayoría adoptan la misma actitud. Es como si te estuvieran diciendo; te encantaría trabajar en esta empresa porque somos súper comprensivos y súper guays. Me pregunto si pondrán el mismo tono cuando tienen que despedir a alguien. Me imagino que sí, pero esta vez dicen; lo siento, ya no vas a trabajar con nosotros que somos tan comprensivos y tan guays… Bueno, a lo que iba; la entrevista fue muy bien. Preguntaron por mi currículum, mi experiencia, mis intereses… Después, la chica, entrelazó los dedos de las manos, apoyó la barbilla en ellas y con la misma voz afectada, una dulce sonrisa, artificial, y llamándome por mi nombre me preguntó por: mi mayor reto profesional, mi mayor reto informático y mi mayor reto personal. El profesional y el informático no eran difíciles de contestar, pero el personal… A mí lo único que se me ocurría era aquella vez, en un bar, que había un tío que estaba muy bueno y todas mis amigas se lo querían ligar y, al final, me lo ligué yo. Me imagino la cara que hubiera puesto la de la voz afectada si le hubiera contestado eso.

Es por eso que me pongo tan nerviosa con las entrevistas de trabajo. Sólo puedo pensar en las preguntas que me van a hacer y si se me ocurrirá alguna mentira brillante y acertada para contestarlas. A tal punto llega mi obsesión con las preguntas que un día que me estaban entrevistando para un estudio muy importante y conocido aquí en Madrid, llegando al final de la entrevista, después de haber salido airosa de todas las preguntas que se le ocurrieron al terrorista de RRHH, la chica que me entrevistaba abrió el ordenador y me enseñó el organigrama de la empresa. Al frente aparecían las fotos de dos hombres trajeados. De cada uno de ellos salían una serie de flechas hacia abajo y sus subordinados,

- Tú reportarías a esta persona. - me dijo la chica señalándome una de las fotos, y continúo -  ¿Cómo es esta persona? 

Claramente no me estaba haciendo esa pregunta a mí sino que en ese momento se disponía ella misma a contestarla. Pero yo, con mi obsesión por responder a todas las preguntas, tragué saliva y, titubeando, empecé a contestar,

- Pues… así… por la foto… parece una persona con gran personalidad…

Menos mal que la chica me interrumpió enseguida porque no sé que hubiera sido capaz de decir. Vamos, que yo, con mi obsesión por contestar y contestar, contesto a cualquier cosa. 

Me contó Marian que, en una entrevista, no hacían más que preguntarle por su vida personal y si pensaba tener hijos… Marian eludía estas preguntas de la forma más diplomática que podía y, al final, el chico le preguntó que cuándo le iba a venir la próxima regla. Por su puesto Marian le dijo que eso no era asunto suyo y el chico salió del paso diciendo que era por una prueba médica que tenía que pasar. Yo, con mi obsesión por contestar, seguro que le hubiera dicho cuando era mi próxima regla y hasta cuando había echado el último polvo.

Uff! Ya son las 11.00! Tengo que irme ya. El estudio en el que tengo la entrevista está en Monte Carmelo, donde Sansón perdió el flequillo. Lo he mirado en Internet y es una urbanización de las afueras de Madrid. Tengo que coger dos metros y he calculado una hora larga para llegar hasta allí.

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