Hoy he llegado a casa de una entrevista de trabajo justo a la hora de comer. Al entrar en casa, desde la entrada, he visto que la mesa estaba puesta en el comedor, Extremoduro sonaba a todo volumen y Marcos, en la cocina, terminaba de preparar la comida mientras desafinaba a voz en grito:
- “¡Yo me pongo paloteeeee!” “¡Sólo con que me toqueeee!”
Yo no sé que pensarán de nosotros las vecinas, dos viejas que comparten “lamechichis”, pero a mí me ha subido un calorcillo desde el estómago que cuando ha llegado a mi cara se ha convertido en una enorme sonrisa. Estos son los momentos en los que le adoro. He entrado en la cocina y le he dado un beso, mientras él seguía cantando.
-¿Alguna novedad? – He preguntado mientras colgaba mi chaqueta en el armario de nuestro cuarto y me quitaba los zapatos.
- Sí – Ha gritado desde la cocina – ha llamado Mati para preguntar si te interesaría un trabajo como vendedora de aguacates.
Yo no he contestado y él ha seguido alzando la voz,
- Algo de que alquilaras una furgo y bajaras a Almuñecar a subir unos aguacates que venderías en el mercadillo de no sé que pueblos.
Me he asomado por la puerta de la cocina frunciendo las cejas en un gesto de “¿Qué me estás contando?”. Marcos se ha encogido los hombros y los dos hemos empezado a reírnos.
Nos hemos sentado en la mesa y le he contado la entrevista de esta mañana. Era en un polígono, en las afueras de Madrid. Siempre me resulta raro que alguien abra un estudio de arquitectura en un polígono medio perdido, pero cuando he llegado allí resulta que no era un estudio sino una empresa de mensajería. El dueño, por lo visto, ha hecho un montón de dinero con la empresa y ha decidido que ha llegado el momento de hacerse “La casa de sus sueños”, para lo que lleva años guardando recortes de revistas e incluso haciendo fotos a los rincones de las casas de sus amigos que le han gustado. Con este fin quiere un arquitecto que trabaje en el proyecto de su casa al lado suyo, en la mesa de al lado; “para así poder ir avanzando juntos en el proyecto”. Cuando le he preguntado en que tipo de casa había pensado, me ha respondido,
- Pues a mí me gustaría algo así como gótico.
Si cuando salí de la carrera alguien me hubiera dicho que quería que le hiciera una casa gótica me hubiera puesto muy digna y le hubiera dicho que yo sólo hacía cosas modernas y que mejor se buscara a alguien que hiciera “esas cosas”, pero como dice Marian “no me queda ni una pizca de vanidad” y he pasado a lo importante,
- Y ¿Cuánto cobraría? – le he preguntado.
- Pues… yo había pensado en 7 euros la hora…
Ya. Así que este tío en vez de dirigirse a un estudio de arquitectura para que le hagan su casa, quiere un arquitecto para él solito, sentadito a su vera 8 horas diarias y diciendo sí señor a todas las horteradas que se le ocurran, y todo esto por 7 euros la hora. Marian se equivoca, sí que me queda un poco de vanidad, pero está muy escondida y la reservo para los casos extremos. Como éste. Le he preguntado:
- ¿Ustedes tienen alguien que limpie aquí?
- Sí. Claro.
-¿Y cuánto le paga?
- No lo sé – me ha contestado poniéndose serio, imaginándose por donde iban los tiros.
La chica que había en la mesa de al lado, morenita, con un moño alto, que no dejaba de teclear en el ordenador, parecía la secretaria. La he mirado y he alzado la voz por encima del hombro del dueño.
-¡Perdona! – Se ha vuelto hacia mí - ¿Tú sabes cuánto cobra la persona que limpia aquí?
- Sí – parecía extrañada, pero ha dicho - 11 euros la hora.
He vuelto a mirar al dueño,
– ¡Pues cuando ese puesto se le quede libre, me llama! -
Marcos me miraba con una sonrisa entre orgullosa y sorprendida,
- ¿Desde cuándo te has vuelto tan descarada? – Me ha preguntado.
- ¡Pues, desde que me tienen hasta el moño!
Por la tarde he hablado con mi hermana Valeria por teléfono que estaba un poco bajilla de ánimo,
- No parece que avance con este chico – se refería al hortelano – ayer me llamó y me preguntó si iba a hacer algo el sábado. Yo me puse muy contenta porque pensé que me iba a invitar a salir, bueno, salir… salir no, ya sé que no es de los que invitan a salir, así como una cita, pero pensaba que me iba a proponer que hiciéramos algo juntos
- ¿Y?
- Pues que le he dicho que no tenía nada que hacer y me ha dicho que si me podía traer un saco de judías de la huerta para que separe las judías buenas de las malas.
- ¿Cómo? – Yo gritaba de indignación.
- No, si eso no me importa. En realidad hasta me apetece. Es una actividad bonita, simbólica…
- ¿Simbólica? – Si es que a veces no sé de qué me habla.
- Como en los cuentos. Simboliza una limpieza mental. Me vendrá bien. Lo que pasa es que yo hubiera preferido hacer algo con él. No le intereso – Se ha quedado un rato en silencio, pensando, para decir luego -Yo creo que piensa que soy un poco pija.
¡¿Pija?! Era la última palabra con la que me esperaba que terminara esa frase. El hortelano piensa que mi hermana es una pija… Yo no conozco al hortelano, pero ¿Qué tipo de espécimen puede pensar que mi hermana es una pija?
- Yo que sé… – Ha dicho Marcos, cuando se lo he contado en la cama – Será un vagabundo.- y dándose la vuelta se ha quedado dormido.
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